¿Aún ríe tu cuerpo con la intensa caricia de la mano o del aire y en ocasiones reencuentra en el aire otros cuerpos? — Cesare Pavese
-Bell
I
Tus ojos tiemblan al medir los míos;
un juego antiguo que jamás aprendimos.
Levantamos muros de sal y sombra
en las arenas de lo prohibido.
II
Tus palabras buscan lo que guardo,
la risa escapa por donde pensar duele.
¿Es esto la tregua o un brazalete
de fuego atado a nuestras manos?
III
Hay noches que trazan sus propios caminos,
donde las sombras terminan siendo una.
Entre lo que fuimos y lo que no seremos,
arde un hilo que no busca nombre.
IV
No era el tiempo, pero sí la carne;
la piel entiende lo que la razón niega.
Lejos del nido y sin pedir dueño,
cruzamos juntos el umbral nocturno.
V
Es ella, clara como el alba,
un peso leve sobre el pecho.
Sus palabras, como hojas secas,
caen sin ruido sobre la mente.
VI
No hay astucia en nuestra risa,
ni doble fondo en la mirada.
Su presencia es un río sereno
que no pide cauce a la distancia.
VII
El mundo exige nombrar lo urgente,
traduce mal lo que se basta.
Pero aquí estamos, dos anatomías
errantes, libres y sin cadenas.
VIII
Nuestro lazo no quema ni promete;
permanece, como el cielo sobre el agua.
Un hilo invisible que no ahorca,
simplemente sostiene el paso.
IX
Somos lo que el viento no nombra,
una pausa entre las horas del día.
Hablamos con la gravedad de quien escucha,
con la calma de los cauces nocturnos.
X
No hay fronteras,
pero tampoco cicatrices;
solo el pulso sereno
de dos voces.
Tus ojos no buscan,
no tienen hambre,
los míos descansan
en un mirar sin deuda.
XI
Cómplices, simplemente.
Un puente discreto,
un pulso que no exige
convertirse en pacto.
Tu presencia es una luz de paso
que no quema,
pero acompaña.
XII
Así seguimos: una verdad sin preguntas,
cuerpos enteros que no necesitan atarse para saberse ciertos...
-Omar Ben Constantin
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