SAN JUAN CAPISTRANO

Giovanni da Capestrano 

Si creías que los santos medievales eran únicamente frailes frágiles y encerrados en bibliotecas, la vida de Juan de Capistrano va a sacudir por completo tus esquemas. Es una mezcla fascinante entre jurista implacable, prisionero de guerra, fraile mendicante, diplomático papal y un general improvisado que cambió el curso de la historia de Europa.

La geografía de Juan de Capistrano abarca el centro neurálgico de una Italia y una Europa desangradas por las guerras intestinas y la amenaza exterior:

Nace en los Abruzos (Italia) en 1386. Estudia derecho con brillantez en la Universidad de Perugia, convirtiéndose en un abogado de élite y llegando a ser nombrado Gobernador de Perugia a una edad muy temprana. Fue un juez implacable contra la corrupción y el soborno. Pero estalló una guerra local, fue capturado y arrojado a un calabozo oscuro y frío. 

Es en esa celda donde su vida se fractura. Tras una crisis profunda y un sueño místico con San Francisco de Assisi, renuncia a todo su poder secular, a su dinero y a su prometida, pidiendo la entrada a los franciscanos. El maestro de novicios, para probar su humildad, lo somete a las pruebas más humillantes (lo hace desfilar por las calles de Perugia cubierto de papel picado y montado en un burro al revés), las cuales Juan supera con una sonrisa.

Como fraile, su geografía se multiplica. Recorre a pie Italia, Alemania, Austria, Bohemia y Polonia predicando ante multitudes descomunales (a menudo de más de 100,000 personas en plazas abiertas, ya que las iglesias no cabían).
Sus últimos años lo llevan a la frontera de Hungría y los Balcanes, enfrentando el avance del Imperio Otomano.

La biografía espiritual de Juan de Capistrano está marcada por el lema que definió su existencia: Iniciativa, Organización y Actividad. No era un contemplativo pasivo; era un tornado de energía espiritual.

Junto a su maestro y amigo San Bernardino de Siena, combatió la corrupción eclesiástica, promovió la devoción al Santísimo Nombre de Jesús y reformó profundamente la Orden Franciscana (los Observantes).

Tenía un carisma arrollador. Aunque comía poquísimo, dormía apenas unas horas y practicaba una austeridad feroz, poseía una oratoria tan magnética que las ciudades se paralizaban para escucharlo.

Su episodio más épico y geopolíticamente decisivo ocurrió al final de su vida.  En 1453, el Imperio Otomano al mando del Sultán Mehmed II conquistó Constantinopla y puso la mira en invadir el corazón de Europa. Las naciones europeas estaban divididas, asustadas y paralizadas. El Papa Calixto III le encomendó a un anciano Juan de Capistrano (que ya tenía casi 70 años) que recorriera Europa central para levantar los ánimos y organizar la defensa.

Juan recorrió los pueblos y reunió a un ejército heterogéneo y mal armado de campesinos, artesanos y voluntarios cristianos. Logró transformar el campamento militar de Belgrado en un auténtico monasterio: se prohibieron las blasfemias, se rezaba el rosario y se celebraba misa todos los días antes de entrar en combate.

En julio de 1456, las fuerzas otomanas atacaron Belgrado con una flota masiva y artillería pesada. Ante el pánico de los generales profesionales, Juan de Capistrano, crucifijo en mano, lideró la carga y el contraataque junto al general húngaro Juan Hunyadi. Contra todo pronóstico militar, las fuerzas cristianas rompieron el cerco y derrotaron al ejército del Sultán, salvando a Europa central de una invasión inminente.

Agotado por el esfuerzo sobrehumano, las marchas y habiendo contraído el tifus en el campamento militar, Juan de Capistrano murió pocos meses después, el 23 de octubre de 1456, en Illok (Croacia/Hungría).


Debido a su pasado como jurista y su rol en el campo de batalla, la Iglesia lo nombró patrono de los jueces, juristas y capellanes militares.

Si alguna vez has escuchado la famosa canción sobre "Las golondrinas que regresan a San Juan Capistrano" en California, debes saber que la famosa misión española en Estados Unidos lleva ese nombre en su honor, fundándose como parte de la cadena de misiones franciscanas.

Juan de Capistrano nos enseña una lección radical: la santidad no es sinónimo de inacción ni de huida del mundo. A veces, la fe exige pasar de los estrados judiciales a la celda, y de la celda a la primera línea de defensa para proteger aquello que se ama.


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