Hoy nos adentramos en la orden religiosa más radical, estricta y silenciosa que ha existido en la historia del catolicismo. Vamos a conversar de San Bruno y a sus Cartujos, un grupo de hombres que decidieron que la mejor forma de amar al mundo era desaparecer completamente de él.
Para entender a los monjes cartujos, debemos extirpar la idea moderna de que para ser útil hay que "hacer cosas" (enseñar, curar, construir). La teología católica sostiene que el Cuerpo Místico de Cristo necesita brazos y piernas (órdenes activas como jesuitas o franciscanos), pero también necesita pulmones invisibles. Los cartujos son esos pulmones: no se ven, pero bombean oxígeno espiritual a toda la humanidad mediante la oración incesante.
A diferencia de los monjes del desierto de Egipto que soportaban un calor infernal, la geografía de San Bruno está marcada por el frío y la altitud extrema.
Bruno nació en Colonia (Alemania) alrededor del año 1030, pero su carrera se desarrolló en Reims (Francia). Era un intelectual brillante, el canciller y director de la escuela catedralicia. Lo tenía todo: prestigio, dinero y un camino seguro hacia el obispado. Sin embargo, asqueado por la corrupción eclesiástica de su tiempo (la simonía de su propio arzobispo), decidió abandonarlo todo.
En 1084, Bruno y seis compañeros acudieron al obispo de Grenoble (San Hugo), pidiéndole un lugar aislado para rezar. Hugo había tenido un sueño la noche anterior: vio siete estrellas cayendo sobre un valle montañoso e inaccesible llamado Chartreuse (La Cartuja), en los Alpes franceses. Allí les cedió el terreno. En medio de la nieve, los lobos y el silencio sepulcral, construyeron pequeñas cabañas de madera alrededor de una capilla.
El Papa Urbano II, antiguo alumno de Bruno, lo mandó llamar a Roma como consejero. Bruno obedeció con dolor, pues detestaba la vida de la corte papal. Tras un tiempo, el Papa le permitió retirarse nuevamente, esta vez a los bosques de Calabria, en el sur de Italia (La Torre), donde fundó un segundo monasterio y finalmente murió en el año 1101.
La biografía espiritual de San Bruno tiene una anomalía fascinante: nunca fue canonizado formalmente mediante un proceso regular.
Los cartujos tienen una aversión absoluta a la fama, incluso a la fama espiritual. No buscan que sus monjes suban a los altares; su objetivo es el anonimato total en Dios. Durante siglos, la orden ni siquiera pidió la canonización de su fundador. Fue hasta el año 1514 (más de 400 años después de su muerte) que el Papa León X simplemente autorizó que se celebrara su fiesta, reconociendo su santidad de facto sin el espectáculo de una canonización masiva.
Bruno tampoco escribió una "Regla" oficial como San Benito. Él dejó un ejemplo de vida (los Estatutos cartujos serían escritos más tarde por sus sucesores), basado en una síntesis perfecta: la vida eremítica (el ermitaño solitario en su celda) mezclada con la vida cenobítica (la comunidad que se reúne solo para la liturgia).
La misión de un cartujo no es pastoral. Un cartujo jamás dirigirá una parroquia, ni dará clases en una universidad, ni administrará un hospital. Su misión es el vaciamiento total para ser llenado únicamente por Dios.
El monasterio cartujo opera con una arquitectura estricta para garantizar esto; por ejemplo, el monje pasa la inmensa mayoría de su vida solo dentro de su celda (que en realidad es una pequeña casa de dos pisos con un taller y un diminuto jardín amurallado). Allí duerme, reza, estudia, come y trabaja manualmente. No hablan entre ellos, excepto en un paseo semanal de tres horas (el spatiamentum) donde caminan por la montaña para mantener el equilibrio psicológico y la caridad fraterna. Su descanso físico está diseñado para ser interrumpido. Se levantan a medianoche para cantar los salmos en la oscuridad de la iglesia durante varias horas, y luego vuelven a dormir.
El lema oficial de la Orden de los Cartujos es una de las frases filosóficas y teológicas más poderosas jamás acuñadas:
"Stat crux dum volvitur orbis"
La Cruz permanece firme mientras el mundo da vueltas
Su legado es la inmutabilidad. Mientras otras órdenes religiosas se han adaptado a los tiempos, han cambiado sus hábitos, han relajado sus normas o han sufrido crisis de identidad, de los cartujos se dice históricamente: "Cartusia nunquam reformata, quia nunquam deformata" (La Cartuja nunca fue reformada, porque nunca fue deformada).
Viven hoy en el siglo XXI exactamente de la misma manera que vivía San Bruno en el siglo XI. Siguen sin internet en sus celdas, sin televisión, sin calefacción central, cultivando su comida (y destilando el famoso licor Chartreuse para sostenerse económicamente) y cantando en gregoriano en medio de la noche.
San Pedro el Venerable, ilustre abad de Cluny y amigo de los cartujos, describe la vida de los cartujos, semejante al de los Padres del Desierto:
«Allí no cesan de dedicarse al silencio, a la lectura, a la oración y también al trabajo manual, sobre todo a la copia de libros. Es en sus celdas que a la señal dada por la campana de la iglesia cumplen con una parte de la oración canónica. Para Vísperas y Maitines todos se reúnen en la iglesia. Ciertos días de fiesta cambian este ritmo de vida… Toman entonces dos comidas, cantan en la iglesia todas las Horas regulares y todos sin excepción toman la comida en el refectorio
Vivimos en la era de la hiperconectividad. Nuestra sociedad dicta que tu valor es directamente proporcional a tu productividad y a tu visibilidad (cuántos te ven, cuántos te leen, cuántos "likes" acumulas, cuánto produces). Creemos que si nos detenemos un segundo, o si nadie está documentando lo que hacemos, dejamos de existir o el mundo nos dejará atrás. Este estado de rotación perpetua genera una ansiedad crónica; la psique moderna está exhausta de dar vueltas.
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por comentar. Que tengas un excelente día.