El libro de Naahma
Que se seque la boca que
la nombre sin deseo.
Que se quiebre la mano
que la escriba sin temblor.
Naahma no se invoca:
se aparece.
Y solo se aparece a
quien ya está perdido.
I.
Bajo sombras danza la noche.
El sombrero es corona del abismo.
El vestido púrpura abraza su figura.
Caminos de niebla siguen sus pasos.
Aparece en el claro del bosque.
Sus ojos hurgan entre sombras y ramas.
El silencio tiembla bajo su voz,
susurro antiguo que arrulla raíces.
Los árboles escuchan, cómplices viejos,
guardando los secretos que ella canta.
II.
Los encantamientos danzan como hojas.
Un deseo escondido en cada palabra.
¿Es su gracia o un hechizo mortal?
Nadie responde: todos miran y callan.
El bosque lleva en la corteza su rastro.
Los senderos tuercen hacia lo desconocido.
La noche cae en un velo sin fin.
Ella desaparece, deja solo su eco.
Una risa fugaz quiebra el silencio.
Ojos de azabache, dos pozos sin fondo:
magia y deseo convergen en su mirar.
El bosque la teme y la ansía a la vez,
bruja desnuda de temor, reina y fatalidad.
III.
Oh, hembra voluptuosa, hada del viento,
hablas el idioma secreto de los lobos.
Las ramas tiemblan cuando susurras.
En el bosque, donde la luz se rompe,
te coronas con hojas, musgo y luna.
Sombrero en copa, alta sacerdotisa del deseo,
cada paso tuyo despierta al suelo dormido.
Los ciervos inclinan sus cuellos ante ti,
los búhos giran sus ojos, atentos.
Las flores se abren en el alba de tu sombra
y hasta el rocío susurra historias de tu piel.
Nacida bajo la estrella del Virgo,
tus caderas ondulan como ríos.
La luna observa y calla en blanco;
la llanura, un abanico de sombras,
tiembla al paso de tu figura.
Tu esencia gotea miel y tormenta.
Reina de llanura y luna eterna.
IV.
Es la parte libre que camina sin pedir permiso,
la que sale a jugar cuando las culpas se disipan.
Se entrega al placer con la lucidez de quien sabe
que el gozo no es un extravío, sino un hallazgo.
Llegó para romper las reglas antiguas.
Decidió experimentarse en su propia carne,
probar la manzana, descifrar la herida
y descubrir por sí misma la verdad del trayecto.
Más allá de la primera ceniza,
donde las leyes escritas se vuelven musgo,
no hay juicio que alcance su andar.
Si el camino se quiebra o resulta equivocado,
aprende la lección, sacude el polvo de sus pies
y se inventa una nueva libertad para seguir.
No persigue el destino:
se queda en el centro del viento
y deja que el abismo se aproxime.
V.
No fue el bosque. Fue un cuarto cualquiera
con la luz mal cerrada y el mundo afuera.
Te quitaste el sombrero primero,
como quien cierra una puerta con llave,
y el aire entendió que ya no había testigos.
Después la púrpura cayó al suelo
y no era tela: era niebla rindiéndose.
Apareciste entera, sin misterio,
y el misterio era eso: que estabas ahí,
real, tibia, tuya, sin hechizo que te cubriera.
No te miré como se mira un cuadro.
Te miré como se mira el fuego de cerca:
sabiendo que quema y acercándome igual.
Y tú dejaste. Eso fue lo más brujo.
Que no te escondiste. Que me dejaste ver
que la diosa también se desviste cansada.
VI.
Tienes la voz de las que no gritan:
baja, precisa, con la orden adentro.
Cuando hablas, los perros se sientan.
Cuando callas, yo me arrodillo sin que lo pidas.
Tu boca es un conjuro que no recito:
lo bebo. Letra por letra, despacio,
hasta que se te quiebra la sentencia
y la sacerdotisa se te vuelve hembra,
y la hembra se te vuelve animal,
y el animal me muerde la nuca
y me dice mi nombre mal pronunciado.
Entonces ya no hay bosque, no hay jauría,
no hay reino que dejaste ni ciudad.
Solo dos cuerpos aprendiendo el idioma
que los lobos hablan cuando nadie los ve.
VII. Correa
Dame la correa. No la de los perros.
La otra. La que sabes.
Yo te la doy sin que la pidas,
porque tú no pides: anuncias.
Y anuncias con esa calma tuya
que desarma más que cualquier grito.
Me tienes de rodillas en la alfombra
—la misma que dejaste por el musgo—
y en tu mano el cuero no aprieta:
descansa, tibio, como una serpiente dormida.
Y yo respiro. Y espero. Y eso es todo.
Eso es todo y es el centro del mundo.
Porque mandas sin crueldad y sin permiso,
porque sabes cuándo tirar y cuándo soltar,
porque en tu trono de mujer que se fue
cabes entera: la reina, la loba, la que elige.
Y yo, que he sido jefe, corte y corbata,
aprendo de rodillas lo que nunca supe:
que hay una libertad más honda que mandar,
y es esta: que tú decidas por mí un rato
y después me devuelvas a mí mismo
con tu aroma en la piel y tu nombre en la boca.
VIII.
Después no hablas. Eso también es tuyo.
Te quedas con la respiración abierta,
el sombrero en el suelo, el pelo suelto,
una pierna sobre mí como una frontera
que ya no separa nada.
Hueles a bosque y a sudor y a lluvia.
Tienes marcas de mí en la cintura
y yo tengo tu pulso aprendido en la lengua.
Afuera empieza a ladrar la jauría.
Los perros saben. Siempre saben.
Y tú te ríes con esa risa fugaz
que quiebra el silencio y lo deja mejor que antes.
Naahma: no eres condena ni fascinación.
Eres la mujer que dejó el reino
para poder desnudarse sin testigos,
para poder amar sin que la miren,
para poder ser diosa solo cuando quiere
y humana el resto del tiempo,
que es, al final, la forma más alta
de ser bruja.
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