A: Aivlyszuir
I
Entre tú, yo y la luna que es testigo
Hay preguntas que el viento evita,
que las ramas esquivan al balancearse.
Tu voz carga un peso entero,
un eco que cae como piedra al río.
¿Te amo? La respuesta es vasto campo,
donde cada hierba tiene su raíz.
El querer no es semilla que brota
de instante fugaz ni capricho ligero.
¿Te quiero? como la nieve a la tierra,
cubriéndola, empapándola en silencio.
O como el río que, sin tregua,
modela la roca hasta ser su dueño.
¿Si me gustas?, dices... Mira los árboles,
cuando les sopla un viento amable.
No se inclinan por capricho vano,
sino porque no pueden evitarlo.
Así mi alma va colina arriba,
sin saber si subir o quedarse,
pero siempre, siempre volviendo a ti,
como quien en el bosque se pierde, halla...
Y entre tú, yo y la luna que es testigo,
todo lo que callo te lo digo
II
He aprendido a decir tu nombre
como se pronuncia el viento
entre los pinos,
como la ola que toca
la piedra y se retira..
He aprendido a escucharlo
fundirse en la luz,
reverberando en los pasillos
de mi carne,
desde tu sonrisa
que no es sonido,
sino eco suspendido
en la médula del tiempo.
Tu risa sostiene las horas
como hojas en el río.
Nada se pierde al pronunciarte,
todo queda.
He aprendido a escucharte
como se escucha el sol
al romper la madrugada.
III
Cuando tu piel me habla bajito.
Me late fuerte el corazón.
elijo sostenerte sin quemarnos.
El calor no siempre es fuego:
a veces es casa,
refugio,
eco.
Podría perderme en tu cuerpo,
tocar lo que no dices,
pero prefiero quedarme cerca,
sin hundirme en tu mar.
La pasión puede ser tormenta;
el cariño, un río que sigue.
No es que no tenga hambre.
Es que elijo la semilla,
el cuidado antes que la prisa.
Entre mis ganas y tus ojos
hay un acuerdo sin palabras.
No necesito devorarte para sentir.
A veces basta con sostenerte
sin romperte,
entre mis manos.
IV
tu corazón
es un verano eterno
en medio de mi invierno
caliente como brasas dormidas
que despiertan con solo
escuchar mi voz
se aferran tus latidos
a mis silencios rotos
llenando espacios
donde nunca hubo vida
tiemblo al imaginar
la fuerza que llevas dentro
una selva ardiendo
bajo la piel
y aún así
caminas ligero
como si no supieras
que eres todo
el fuego que necesito
A SORBOS
En la mesa, dos sombras se miran,
el humo del café dibuja promesas
que ni el tiempo se atreve a borrar.
Sus ojos cargan preguntas sin fecha,
su boca un silencio que lo dice todo.
¿Comenzamos por tu sonrisa pendiente, por mi mano que titubea en el mantel?
El aroma arde entre nosotros,
tan lleno, tan vacío, tan nuestro.
Un amor pausado en perpetuo temblor, como las ondas de una taza hirviendo.
¿Qué hacemos con este capítulo huérfano?
¿Lo leemos, lo olvidamos, o lo vivimos?
El café enfría, pero no decide,
los labios tiemblan, pero no beben.
Entre nosotros, el eco de un quizás
y la certeza de todo lo que callamos.
**********
A TAZAS
Una mesa,
las cicatrices del tiempo,
en la madera que murmura.
Dos tazas,
gastadas por labios urgentes,
guardan
confesiones olvidadas.
Las cucharillas
giran
universos en espiral,
crean
órbitas de espuma.
Tú miras
a través del humo,
como un faro,
yo sostengo
las estrellas
en mi temblorosa mano.
Hoy las galaxias
caben en dos tazas
en dos tazas
II
Tus ojos hunden sus raíces en mi pecho, carbón y diamante, fuego y vacío. No necesito azúcar para lo amargo, basta el peso de tus estrellas calladas.
III
El reloj nos traiciona
con su prisa cruel,
pero aquí somos eternos,
eclipses susurrados.
Cada sorbo,
un verso que sabe a infinito,
cada pausa,
un puente al abismo
entre nosotros.
El vapor canta
con ruidos ajenos,
pero hoy susurra
solo nuestro idioma. ,
y el universo
arde sin más testigos.
A COPAS
En el rincón respiran,
dos sombras
que aprendieron
a callar. Guardarse
El aire se revuelca
en secretos,
la ventana tiembla
al borde de la alegría
Las manos rozan
como hojas quemadas,
un lenguaje
que nunca
se pronuncia.
El reloj se congela
en sus espaldas,
un tic-tac
que no los reconoce.
Se ocultan
de sus cuerpos
y sus llamas,
de su hambre
y su propio espejo.
Como si el amor,
en su hondura,
pudiera devorarlos
desde adentro.
Allí, en la mesa
que arde en silencio,
los amantes
desaparecen
lentamente.
Sus nombres
se pierden
en la madera,
y el rincón
los cubre
como un sudario.
II
Allí no hay risas, solo dedos partidos,
gestos rotos que evitan incendiarse.
Quizá temen mirarse en los ojos,
quizá temen hallarse desnudos.
Quizá temen al amor.
A CANTAROS
En tus manos, el mundo suave gira,
piel dorada, sombra de un sol antiguo.
Forjas el barro como quien sueña,
el agua canta entre tus dedos serenos.
Mujer de campanillas, gesto constante,
tu aliento moldea la historia dormida.
Mientras labras, los siglos te buscan,
te llaman amiga de verdes tejados
Horneas la tierra, madre de promesas,
en cada curva de tus vasijas cruje
un lenguaje que el fuego no consume,
un eco hondo que calla y perdura.
Te miro y sé del peso del polvo,
el peso dulce que sólo tú traduces.
Eres alfarera, raíz y resplandor,
arcilla viva bajo el fulgor del día.
* La portadora de la victoria *
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