AL ALBA
El bosque grita entre sus musgos verdes,
un crujido lento despierta en la niebla.
Las raíces bostezan su cárcel de tierra,
rompen su abrazo con el mundo dormido.
Las copas alzan su rostro al alba,
las hojas ondean como banderolas libres.
Maderas crujen con pasos rocosos,
las columnas del tiempo se rebelan.
Hacia la torre marchan los gigantes,
sus sombras besan los restos del polvo.
El silencio se quiebra bajo su peso,
la luz danza entre troncos en movimiento.
Cantan los vientos himnos olvidados,
la torre vibra al ver su destino.
Un bosque que camina es vida alzada,
es grito de siglos jamás escuchado.
II. ATALAYA
La torre no duerme: vigila.
Tiene ojos de vidrio en cada esquina,
tiene leyes escritas en la roca,
tiene espinas que ahorcan.
No tiene rostro.
Tiene ventanillas.
Tiene un filo que nunca se cansa.
No grita: existe
No golpea: en pie
No poda: esta
No tala: permanece
Dice —sin decirlo—
que el hacha no es suya,
que solo presta el filo,
que solo administra la caída.
Dice —sin decirlo—
que conoce a cada tronco por su nombre, su follaje, su historia
Y mientras dice sin decir,
la torre pesa.
Pesa como la niebla en la garganta.
Pesa como el hacha sobre la mesa.
Pesa como el claro que ya no tiene árboles.
Pero el bosque no olvida.
Recuerda el hacha,
recuerda la savia vendida por monedas,
recuerda a los troncos caídos sin nombre.
Recuerda la raíz arrancada del hijo,
el musgo quemado por la prisa del amo,
la savia derramada en suelo ajeno,
el silencio comprado con sombra y con miedo.
Viene a ocupar el suelo.
Y la torre, sin cara, sin voz, sin nombre,
por primera vez no sabe...
III. ECO
La torre tiembla, no de miedo: de vértigo.
Ve pasar el bosque por su puerta,
ve las hojas como banderas vivas,
ve las raíces levantando el suelo.
Los gigantes no corren: avanzan.
Su paso es lento como el de los siglos,
pero nada detiene a un bosque
que aprendió a caminar con sus heridas.
Se detendrán, tal vez, junto al abismo,
a beber agua, a contar sus claros,
a sembrar de nuevo lo que arrancaron,
a nombrar a los que ya no marchan.
Pero en su andar resuena el eterno eco:
la naturaleza siempre vuelve, siempre despierta.
Su sueño es pasajero, su corazón inmortal,
y su memoria es la raíz del mundo.
Cuando los árboles caminen,
que tiemblen los muros de cemento.
Que tiemblen.
Que tiemblen.
Que tiemblen.
🙃
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