Hoy es el último día de septiembre y para cerrar el "Septiembre Amarillo" me gustaría hablar de la misericordia. Cuando hablamos del suicidio, a menudo nos enfrentamos a un muro de silencio, miedo y estigmas. Históricamente, la desesperación ha sido tratada con dureza, pero si miramos con atención la Escritura y la tradición viva de la Iglesia, descubriremos que Dios nunca ha apartado la mirada del abismo psicológico humano. Al contrario, ha descendido a él.
Septiembre Amarillo nos recuerda una verdad estadísticamente brutal pero profundamente humana: a veces, el dolor de existir supera a las fuerzas biológicas y psicológicas de la persona. El suicidio no es un acto de cobardía, ni un acto de valentía; la psicología y la psiquiatría modernas nos enseñan que es, en la inmensa mayoría de los casos, el colapso de una mente que ya no encuentra oxígeno emocional para seguir respirando. Pero, ¿qué dice el Cielo cuando la mente humana se quiebra?
Existe un mito tóxico en la religiosidad que sugiere que la cercanía con Dios inmuniza contra la depresión o la ideación suicida. La hagiografía nos demuestra exactamente lo contrario. Los grandes gigantes de la fe caminaron por el filo de la navaja:
Antes de fundar a los Jesuitas, Ignacio pasó por una crisis de escrúpulos tan severa en Manresa que su mente colapsó. En su autobiografía relata cómo, atormentado por la culpa y la desesperación, sintió el impulso violento de arrojarse por el gran agujero (ventana) de su habitación para acabar con su tormento. Lo detuvo únicamente el saber que quitarse la vida era un pecado, pero el deseo de aniquilación estuvo ahí, latiendo con fuerza.
La gran doctora de la Iglesia, experta en la "infancia espiritual", murió de tuberculosis a los 24 años. En sus últimos meses, el dolor físico y la oscuridad espiritual ("la noche de la nada") fueron tan insoportables que le advirtió a la Madre Superiora: "Si no tuviera fe, me habría suicidado sin dudarlo... Observen bien a los enfermos que sufren dolores tan atroces, y no dejen cerca de ellos medicinas venenosas, porque es muy fácil perder la razón". Ella entendió perfectamente la seducción del final.
El profeta Elías, después de vencer a los profetas de Baal, se quiebra. Huye al desierto, se tira bajo una retama y le pide a Dios que lo mate: "Basta ya, oh Señor, quítame la vida" (1 Reyes 19:4). Dios no lo reprende, no lo llama cobarde. Le envía un ángel para que coma y duerma. Dios atiende su biología rota antes de exigirle teología.
Durante siglos, la Iglesia tuvo una postura canónica sumamente severa respecto al suicidio. Sin embargo, a medida que el entendimiento científico de la mente avanzó, la Iglesia (que sabe que la gracia no destruye la naturaleza) integró la psicología a su teología moral.
El Catecismo de la Iglesia Católica (núms. 2282-2283) hace hoy una declaración vital y amorosa:
"Trastornos psicológicos graves, la angustia, o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la tortura, pueden disminuir la responsabilidad del suicida."
Y añade la promesa más importante para las familias que han perdido a alguien por esta tragedia:
"No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte. Dios puede haberles preparado por caminos que Él solo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida."
La Iglesia comprende que quien se quita la vida rara vez quiere morir; lo que quiere es dejar de sufrir. Y ante el dolor insoportable, la justicia de Dios da paso a una misericordia insondable.
Si tú, o alguien que amas, está atravesando el desierto donde el sol no brilla y la muerte parece un alivio, quiero que sepas algo fundamental desde la realidad espiritual más pura: Tu dolor no es un fracaso de tu fe.
No eres un mal cristiano por estar deprimido. No estás "lejos de Dios" porque tu cerebro esté luchando con un desbalance químico o un trauma aplastante. Dios te ve debajo de tu propia retama, exactamente como vio a Elías. La vida es un regalo sagrado, sí, pero el Dueño de ese regalo conoce perfectamente el peso de la cruz que estás cargando. Por eso mismo subió al Gólgota, para experimentar el abandono absoluto y el colapso humano ("Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"). Él ya habitó tu desesperación.
No te rindas. Acepta el pan y el agua que te ofrecen los "ángeles" modernos: un terapeuta, un psiquiatra, la medicación si es necesaria, el oído de un amigo o el sacramento de la reconciliación y la Eucaristía. Permite que otros sostengan la esperanza por ti mientras tú recuperas las fuerzas para volver a creer en ella. La historia de tu alma no termina en un viernes de oscuridad; está diseñada, ontológicamente, para la luz del domingo de resurrección.
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