EUTRAPELIA

Eutrapelia del griego εὐτραπελία, que significa ingenio, agilidad mental o "la capacidad de girar bien". Suena a una condición médica, pero en realidad es todo lo contrario, es la medicina psiquiátrica y espiritual de la teología católica

En el imaginario popular, la religión nos asocia a menudo con la severidad perpetua, como si sonreír fuera un pecado venial. Pero la filosofía clásica y la teología católica desarrollaron una defensa robusta del juego, el descanso y el humor. 

Como ocurre con gran parte de nuestra ingeniería teológica, los cimientos fueron puestos por Aristóteles en su Ética a Nicómaco. El filósofo griego establecía que la virtud siempre es el justo medio entre dos vicios (uno por exceso y otro por defecto). Cuando analizó el ámbito de la diversión y el humor humano, identificó tres perfiles:

El Defecto, El Rústico o Áspero
Es el hombre incapaz de tolerar una broma, que se escandaliza por todo, que nunca se relaja y que amarga la convivencia humana con su rigidez extrema.

El Exceso o El Bufón
Es el hombre que no toma nada en serio. Hace chistes en los funerales, no respeta lo sagrado y convierte su propia vida en una broma constante buscando la aprobación de los demás.

La Virtud o El Eutrapélico
Es el hombre de mente ágil. Sabe cuándo bromear y cuándo ser serio. Su humor es inteligente, oportuno, eleva el espíritu de quienes lo rodean y nunca humilla al otro. 

La genialidad llega en el siglo XIII cuando Santo Tomás de Aquino, en su monumental Suma Teológica (II-II, q. 168), toma este concepto griego y lo "bautiza", elevándolo a la categoría de virtud cristiana.

Santo Tomás opera con una lógica biológica y psicológica impecable. Argumenta que, así como el cuerpo físico se agota por el trabajo manual y necesita dormir, el alma y la mente se agotan por el trabajo intelectual y la contemplación de cosas graves. ¿Cuál es el descanso del alma? 
El juego y la recreación.

Para Tomas, la eutrapelia es la virtud del buen humor y del recreo saludable. Afirma explícitamente que es un pecado (un vicio moral contra la razón) negarse por completo al juego, a la diversión o a la alegría humana, porque eso rompe el equilibrio de la naturaleza que Dios diseñó. Un santo que no sabe reír está ontológicamente incompleto.

La eutrapelia no es simplemente contar chistes; es una herramienta ascética de primer nivel. ¿Por qué? Porque el demonio y el ego humano son seres terriblemente serios. La soberbia no soporta ser el blanco de una broma.

Cuando vemos las hagiografías con esta nueva lente, descubrimos que los más grandes reformadores de la Iglesia eran maestros de la eutrapelia:

Santa Teresa de Ávila, La gran mística y reformadora del Carmelo, que experimentaba éxtasis divinos, también era conocida por su ingenio afilado. Rezaba a menudo: *"Líbrame, Señor, de los santos de caras tristes". Entendía que la melancolía perpetua era una enfermedad espiritual.

O San Tomás Moro, Patrono de los políticos, fue encerrado en la Torre de Londres y decapitado por Enrique VIII. Cuando subía al cadalso para ser ejecutado, el andamio temblaba. Con total eutrapelia, le dijo al verdugo: "Ayúdeme a subir, buen hombre; que para bajar, ya me las arreglaré yo solo". Su paz interior era tan absoluta que podía hacer una broma segundos antes de su martirio.

La eutrapelia es, en última instancia, la virtud de la confianza. Solo el que sabe que Dios tiene el control absoluto del universo puede permitirse el lujo de relajarse, jugar y reír. El ansioso y el amargado creen, en el fondo, que si ellos dejan de estar tensos, el mundo se vendrá abajo. 


Si un cristiano cree que para ser santo debe estar perpetuamente tenso, deprimido, y viendo pecado en cualquier sonrisa, está cayendo en una herejía práctica: creer que la gracia de Dios destruye la naturaleza humana. Y es todo lo contrario: la gracia la perfecciona.

La eutrapelia es el bisturí que extirpa el falso misticismo. Nos recuerda que Dios creó el universo no solo con leyes de gravedad rigurosas, sino con sobreabundancia, colores y aves que cantan sin motivo aparente. Por lo tanto, reír con un amigo, disfrutar de una tarde de descanso, o saber reírse de las propias torpezas, cuando se hace en el momento, con la persona y en la medida adecuadas, es un acto moralmente perfecto. Es, literalmente, ejercer la santidad.

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