TLATELOLCO
El hambre ya no duele; se ha convertido en una piedra fría que cargamos en el estómago. Llevamos ochenta días masticando raíces, cuero hervido y el barro salitroso de las orillas. Tlatelolco, nuestro último reducto, apesta a muerte y a pólvora.
Hemos subido a los cautivos a lo alto de los cuíceles. Hemos abierto sus pechos para alimentar al sol con el chalchíhuatl suplicando que Huitzilopochtli despierte y expulse a los hombres de metal. Pero la deidad de la guerra nos ha dado la espalda. Los presagios que el viejo Moctezuma vio hace años en el cielo nocturno se han cumplido. Los dioses no nos han traicionado; simplemente han decidido que nuestro tiempo en el engranaje del universo ha caducado. El cielo está sordo y el lago de Texcoco, que antes nos daba la vida, hoy es un pantano rojo y espeso, bloqueado por los bergantines de los forasteros.
Pero lo que quiebra nuestro espíritu no son los caballos de los hombres blancos, ni el trueno que escupen sus armas de hierro. Son apenas un puñado de forasteros pálidos. Lo que nos está asfixiando es el odio de nuestra propia sangre.
Al mirar por encima de las barricadas de escombros, no vemos hispanos; vemos un océano infinito de plumas y escudos. Son los tlaxcaltecas, los chalcas, los totonacas, los hombres de Texcoco. Todos los pueblos a los que sometimos, a los que les arrancamos tributos, oro y prisioneros durante décadas, han venido a cobrarnos la deuda de un solo golpe.
Es una venganza implacable. Cada flecha que cruza el aire trae consigo el rencor acumulado de los años bajo nuestro yugo. Creímos que éramos los amos absolutos de los lagos, pero solo estábamos cultivando el resentimiento que hoy sirve de ejército a Cortés. Los forasteros solo trajeron la chispa; la pólvora siempre fuimos nosotros.
Hoy es el día 1 Coatl del año 3 Calli. Ha comenzado a caer la tarde y el aire es insoportablemente pesado. Hemos visto partir la canoa de nuestro Tlatoani, el joven Cuauhtémoc, intentando cruzar el lago para organizar una última guerrilla, pero las naves enemigas lo han interceptado.
Cuando la noticia de su captura recorre los canales, las armas caen al suelo. No hay gritos de terror, solo un vacío absoluto. Sin el Tlatoani, el eje del mundo se ha roto. Ya no hay centro.
Una tormenta oscura comienza a formarse sobre los volcanes, densa y cargada de electricidad. Tláloc, el dios de la lluvia que nos negó el agua dulce durante todo el sitio, ahora llora con furia sobre las ruinas de Tenochtitlan, lavando la sangre de las calzadas como si quisiera purificar la tierra para los nuevos amos.
Mientras la lluvia nos empapa y los tlaxcaltecas inician el saqueo final, comprendemos nuestra posición en la maquinaria del tiempo. No hemos sido derrotados; hemos sido reciclados.
El Quinto Sol ha cerrado sus ojos. Mañana, cuando amanezca, despertaremos en un mundo que ya no tiene nombre para nosotros. La era del águila sobre el nopal ha terminado; comienza el largo viaje a través de la noche ajena.
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