Santa Mónica, tus lágrimas fueron la más poderosa oración, lágrimas de amor que alumbraron en tu hijo el amor de los amores:
"Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti".
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“Pero, ¿qué amo, oh Dios, cuando te amo?
No la belleza de un cuerpo ni el ritmo del tiempo que transcurre, no el resplandor de la luz que tan caro es para los ojos. No las dulces melodías del mundo de los sonidos. No el perfume de las flores, de los ungüentos y de las especias, no el maná ni la miel, no los miembros del cuerpo que se saborean en el abrazo carnal. Nada de eso amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo una luz, un sonido, un aroma, un alimento y un abrazo cuando amo a mi Dios: a un Dios que es luz, sonido, perfume, alimento y abrazo en mi hombre interior.
Allí irradia en mi alma lo que ningún espacio puede abarcar, es allí donde resuena lo que ningún tiempo puede arrebatar, allí hay un aroma que ningún viento puede dispersar…allí hay un sabor que ninguna saciedad puede atenuar, allí se da un abrazo que ningún hastío puede disolver.
Y es así como amo cuando amo a mi Dios”.
San Agustín. Confesiones.
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