A mediados de 1926, el gobierno mexicano no solo buscaba separar a la Iglesia del Estado, buscaba extirpar a la Iglesia de la vida pública. La Ley Calles, que entró en vigor días antes el 31 de julio de 1926, tipificó como delito penal casi cualquier acto público de fe, cerró seminarios, expulsó a sacerdotes extranjeros y obligó a los clérigos a registrarse ante el gobierno civil.
En respuesta, los obispos mexicanos tomaron una decisión sin precedentes: suspendieron el culto público. Las iglesias quedaron mudas. En este clima de asfixia espiritual, los laicos tomaron el control de la resistencia civil a través de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa (LNDLR). El gobierno, paranoico ante un levantamiento, comenzó a cazar a las cabezas de esta Liga.
Lo que hace operativamente perfecto el relato de Chalchihuites es que los mártires no eran un grupo homogéneo. Representaban, de manera milimétrica, las cuatro columnas de la sociedad civil católica que el Estado intentaba quebrar:
El Clérigo era Luis Bátis Sáinz, Párroco de Chalchihuites, de 55 años. Un líder espiritual con un enorme peso moral en la región. No era un guerrillero, era un educador y un organizador social.
El Padre de Familia era Manuel Morales, Presidente local de la LNDLR. Un laico comprometido, panadero de oficio, esposo y padre de tres hijos. Representaba el núcleo familiar que se negaba a someter su conciencia al Estado.
La Juventud representada por Salvador Lara Puente, Primo de David, de apenas 21 años. Secretario de la Liga local y presidente de la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM). Ñ
Y el Futuro con David Roldán Lara, De
24 años, vicepresidente de la ACJM.
Al arrestar a estos cuatro hombres, el gobierno creyó que estaba desarticulando el cerebro, el músculo y el relevo generacional de la resistencia en Zacatecas.
La maquinaria militar operó con rapidez y sin debido proceso. El teniente coronel Enrique de León, al mando de las tropas federales, ordenó el arresto del padre Bátis el 14 de agosto, bajo la acusación de estar conspirando un levantamiento armado. Cuando Manuel Morales intentó interceder por su párroco, fue arrestado también, al igual que los jóvenes Salvador y David.
Al día siguiente, 15 de agosto, sin juicio previo, los subieron a dos vehículos con el pretexto de trasladarlos a la capital de Zacatecas para ser procesados. Era una táctica común: la infame "ley fuga" o el asesinato en descampado.
A mitad del camino, en el paraje conocido como Puerto de Santa Teresa, los vehículos se detuvieron. La crónica histórica de sus últimos momentos revela una psicología de hierro, desprovista del pánico que el gobierno esperaba.
Al padre Bátis se le ofreció la vida si reconocía las leyes de Calles. Él se negó. Bátis intercedió por Manuel Morales, pidiéndole a los soldados que lo dejaran libre porque tenía esposa e hijos que mantener. La respuesta de Manuel Morales es una de las declaraciones más brutales y hermosas del conflicto;
"Señor cura, yo muero por Dios, y Dios cuidará de mis hijos".
Bátis y Morales fueron fusilados primero. Los dos jóvenes, Salvador y David, fueron obligados a presenciar la ejecución de sus mentores para quebrar su voluntad. Lejos de ceder, pidieron estar de pie y sin vendas en los ojos. Fueron asesinados momentos después, gritando "¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!"
Desde el punto de vista militar y político, la ejecución de Chalchihuites fue un error de cálculo desastroso para el gobierno de Calles. En lugar de aterrorizar a la población para que se sometiera, la sangre de estos cuatro hombres operó como combustible de alto octanaje. Demostró a los católicos que la vía cívica y pacífica (las firmas, los boicots, la Liga) ya no servía contra un Estado dispuesto a asesinar a civiles sin juicio.
La noticia de estos asesinatos provocó una profunda indignación entre los católicos de la región y fue uno de los acontecimientos que impulsaron el levantamiento armado encabezado por Pedro Quintanar, quien poco después tomó las armas en defensa de la libertad religiosa.
Los mártires de Chalchihuites legitimaron, a los ojos de miles de campesinos, la necesidad de tomar las armas. El gobierno creyó que al silenciar a un sacerdote, a un panadero y a dos jóvenes en la sierra estaba apagando una chispa; no sabían que acababan de dinamitar la presa de lo que sería la guerra civil religiosa más sangrienta de la historia moderna de América.
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