TEXCOCO
No hay furia en mi pecho hoy, solo la fría satisfacción de una jugada de patolli perfectamente ejecutada. Los guerreros tlaxcaltecas gritan y saquean Tlatelolco con la rabia de los perros que por fin han roto sus cadenas. Que hagan el trabajo sucio. Ellos pelean por resentimiento; nosotros, los acolhuas de Texcoco, peleamos por el control absoluto.
Hasta hace poco, nosotros dictábamos las leyes del mundo junto a Tenochtitlan. Éramos la mente del imperio, la ciudad de los poetas, los ingenieros y las leyes, mientras los mexicas eran el músculo bruto. Pero su arrogancia creció demasiado. Moctezuma interfirió en nuestra sucesión, intentó poner a un títere en nuestro trono y olvidó que el lago nos pertenecía a ambos. El príncipe Ixtlilxochitl, mi señor, entendió la matemática del poder antes que nadie, los hombres pálidos de Castilla no eran dioses, eran una fuerza de la naturaleza que podíamos canalizar.
Fui yo quien observó a los carpinteros de Malinche ensamblar la madera en nuestras tierras. Nosotros les dimos los canales seguros, miles de guerreros de élite y la información de cómo ahogar a la capital. Sin nuestros puertos, sin nuestra inteligencia táctica, los bergantines de Cortés jamás habrían flotado y él habría muerto pudriéndose en las orillas del lago salado.
Miro las columnas de humo alzarse sobre los templos gemelos. Los mexicas nos llamaron traidores cuando les dimos la espalda. No entienden nada, la lealtad es para los pueblos que no tienen poder; los imperios solo tienen intereses. El linaje de Tenochtitlan será borrado y masacrado hoy por los tlaxcaltecas y los castellanos, pero nosotros, los nobles de Texcoco, conservaremos nuestros palacios, nuestras tierras y nuestra sangre. Hemos dejado que el imperio muera, para asegurar que nosotros sigamos viviendo en el nuevo mundo que comienza mañana.
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