He soltado la espada y mis manos no dejan de temblar. No es por miedo, es porque mis brazos han olvidado lo que es no matar. Ochenta días y ochenta noches atrapados en este fango salado, luchando por cada palmo de calzada, por cada puente roto.
El silencio que ahora cubre la ciudad es más aterrador que el estruendo de los cañones. Han callado por fin esos tambores malditos de piel de serpiente que sonaban allá arriba, en las pirámides, anunciando que a nuestros compañeros les estaban arrancando el corazón vivo. Dios sabe que el hedor de esta ciudad muerta se nos ha metido hasta los tuétanos. Hemos caminado sobre cadáveres hinchados y aguas podridas durante semanas, porque esta gente terca prefirió masticar raíces antes que rendirse a la corona de Castilla.
Hace unos momentos, trajeron al reyezuelo indio, ese muchacho altivo que llaman Guatemuz, ante la presencia de Don Hernando. Yo lo vi de lejos. El indio no lloraba, solo señaló la daga del capitán y le pidió que lo matara. Hay que reconocerles un valor que espanta.
Observo a los cientos de miles de indios aliados nuestros, los tlaxcaltecas, destripando y saqueando lo poco que queda en pie. Son más crueles con sus propios hermanos de lo que nosotros jamás podríamos ser.
Miro mi armadura oxidada, las heridas supurantes de mi pierna y la cruz de plata en mi pecho. Hemos ganado. Un puñado de hijos de España ha derribado a un imperio de ídolos de sangre para la gloria de Dios. Somos la espada de la Providencia; de otro modo, los números de esta guerra jamás nos habría favorecido.
"Que los romanos callen. Que callen las crónicas de Julio César y de Alejandro. Lo que hemos hecho hoy aquí oscurece todas las proezas del mundo antiguo."
Me dejo caer sobre un bloque de piedra manchado de hollín y, de pronto, el cansancio da paso a una fiebre distinta. Ya no es solo la fiebre del oro. El oro se gasta, se pierde en los dados o se hunde en el lago, como nos pasó en la Noche Triste. Lo que hemos ganado hoy es mucho más pesado que el oro: es la eternidad.
En Castilla, yo no era nadie. Era un segundón, un hombre sin tierras, destinado a morir como un campesino más en los campos de Extremadura. Pero hoy no. Hoy he derribado un imperio del tamaño de Europa. Cuando las cartas de nuestro Capitán General lleguen a las manos del Emperador Carlos, mi nombre estará escrito en los márgenes de la gloria.
Los poetas escribirán cantares sobre nosotros. Los libros de caballería que leíamos, las hazañas del Amadís de Gaula, ahora nos parecen cuentos de niños comparados con la ciudad de puentes y agua que acabamos de tomar. He sangrado, he visto las puertas del infierno y he sobrevivido. La historia nos recordará no como soldados rasos, sino como los titanes que le entregaron a España un nuevo mundo. Que nos den escudos de armas, que nos den encomiendas, porque a partir de este atardecer, la nobleza ya no es algo que se hereda por sangre; es algo que acabamos de forjar a martillazos sobre las cenizas de Tenochtitlan.
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por comentar. Que tengas un excelente día.