SAN ARNULFO DE METZ


En la cultura popular moderna, San Arnulfo ha quedado caricaturizado como una especie de "mascota" de los bares y las cervecerías artesanales. Sin embargo, si retiramos esa pátina comercial y observamos su historia, nos encontramos con uno de los hombres más poderosos, estratégicos y lúcidos de la Alta Edad Media. 

Para entender a Arnulfo (nacido hacia el año 582 d.C.), debemos situarnos en el Reino Franco de Austrasia (una geografía que hoy abarca partes del noreste de Francia, Bélgica y el oeste de Alemania). 

Arnulfo no era un monje ermitaño aislado del mundo; era un aristócrata de altísimo nivel, comandante militar y consejero principal de los reyes merovingios (como Clotario II y Dagoberto I). Junto con su aliado Pipino de Landen, administraba el reino. 

Un dato histórico demoledor que suele pasarse por alto en las cantinas, antes de ordenarse sacerdote (pues en esa época el celibato clerical aún permitía ciertas transiciones), Arnulfo estuvo casado y tuvo hijos. Su linaje es el cimiento de Europa: su nieto fue Pipino de Heristal, y su tataranieto fue el mismísimo Carlomagno. San Arnulfo es, literalmente, el patriarca biológico de la dinastía carolingia.

A pesar de su poder en la corte, Arnulfo sentía una profunda crisis de conciencia. El peso de la política, las guerras y la corrupción de la corte lo asfixiaban, y deseaba retirarse al monasterio de Lérins. Sin embargo, en el año 612, la ciudad de Metz se quedó sin obispo y el pueblo, conociendo su capacidad administrativa, exigió que él ocupara el cargo. 

Abrumado por sus pecados pasados como hombre de Estado y sintiéndose indigno de ser obispo, Arnulfo fue hasta un puente sobre el río Mosela. Aquí ocurre el primer Milagro, este quitó su anillo episcopal y lo arrojó a las aguas turbias, haciendo un juramento solemne frente a Dios: "No creeré que mis pecados han sido perdonados hasta que recupere este anillo". 
Pasaron varios años. Un viernes (día de abstinencia de carne), un pescador llevó al palacio episcopal un pez que había atrapado en el Mosela. Cuando el cocinero abrió las entrañas del pescado para prepararlo, encontró dentro el anillo de Arnulfo. 

Este evento, más allá de la maravilla física, representó para él la confirmación operativa de que la misericordia divina es capaz de rastrear y recuperar lo que el hombre da por perdido. Tras esto, gobernó la diócesis con firmeza hasta que, finalmente, logró retirarse a la abadía de Remiremont, donde murió en el año 640.

¿De dónde viene su patronazgo sobre los cerveceros? No proviene de una apología a la embriaguez, sino de una política de salud pública y supervivencia biológica.

En el siglo VII, las ciudades europeas tenían sistemas de saneamiento nulos. El agua de los ríos y pozos (especialmente en Metz) estaba contaminada y era el vector principal de epidemias letales como el cólera, la peste y la disentería. El pueblo bebía agua y moría en masa.

Arnulfo, utilizando una lógica científica impecable para su época, observó que quienes bebían cerveza no se enfermaban. Él no conocía la teoría de los gérmenes, pero sí entendía el proceso: para hacer cerveza, el agua debía hervirse (lo que mataba las bacterias) y la fermentación creaba un entorno inhóspito para los patógenos. 

Arnulfo comenzó a predicar activamente contra el consumo de agua cruda y exhortó a sus fieles a beber cerveza. Se le atribuye la famosa y sobria frase: 
- Del sudor del hombre y del amor de Dios, vino la cerveza al mundo.o

El segundo milagro ocurrió cuando decidió renunciar como Obispo. En ese momento, se produjo un incendio en los sótanos del Palacio Real que amenazaba con extenderse a la ciudad de Metz. El amor a su pueblo y su coraje hizo que se pusiese frente al fuego pronunciando la frase «Si Dios quiere que me consuma, estoy en sus manos». El incendio se detuvo de inmediato.

El evento que lo canonizó en la mente de los gremios cerveceros ocurrió póstumamente, un 18 de julio de 642, durante la Traslación de sus reliquias.

Aquí ocurre el tercer milagro, al  trasladar el cuerpo de Arnulfo desde la abadía de Remiremont (donde murió) hasta la catedral de Metz.  Era pleno julio, el calor era asfixiante y el trayecto era largo. La procesión de miles de feligreses se quedó sin provisiones. Al llegar al pueblo de Champigneulles, solo quedaba un barril con un solo tarro de cerveza. 

Según los registros históricos de la diócesis, uno de los líderes de la procesión, el duque Notto, al ver que la gente se desmayaba por la deshidratación, rezó pidiendo la intercesión de su antiguo obispo. Cuando abrieron el barril que estaba prácticamente vacío, este comenzó a manar cerveza de forma ininterrumpida. La física del barril se alteró hasta que todos los miembros de la procesión bebieron y recobraron las fuerzas para llegar a Metz.

Reducir a San Arnulfo de Metz al santo de las tabernas es un error de miopía histórica. Su vida es una lección de liderazgo integral: fue el hombre que sentó las bases políticas de un imperio, que supo gobernar con mano de hierro cuando el Estado lo exigía, que tuvo la humildad de retirarse a limpiar los pisos de un monasterio cuando su alma lo pidió, y que salvó a su pueblo de la aniquilación simplemente enseñándoles a hervir el agua y a confiar en la fermentación. Un estadista de la tierra y del cielo.

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