El 17 de julio es el aniversario de la ejecución de las 16 Carmelitas de Compiègne, ocurrida en el año 1794. El cso de estás carmelitas no es una simple historia de victimización clerical. Es un tratado maestro sobre la soberanía de la conciencia frente al totalitarismo del Estado.
La Revolución Francesa comenzó en 1789 bajo el lema de «Libertad, Igualdad y Fraternidad», pero para 1792 había mutado en un sistema totalitario conocido como El Régimen del Terror, liderado por Maximilien Robespierre.
El Estado revolucionario determinó que no podía existir ninguna lealtad superior a la República. Por lo tanto, atacaron el núcleo de la Iglesia:
- Se exigió a todos los sacerdotes y religiosos jurar lealtad absoluta al Estado, rompiendo con Roma.
- En 1790, la República prohibió los votos monásticos argumentando que eran "contrarios a la libertad humana". Se ordenó el cierre de los monasterios y se obligó a las monjas a regresar a la vida civil.
Las 16 carmelitas del monasterio de Compiègne (a unos 80 km de París) fueron expulsadas de su convento en 1792. Se vieron obligadas a vestirse de civiles, dividirse en cuatro grupos pequeños y vivir escondidas en apartamentos de la ciudad, pero mantuvieron intacta su disciplina, su regla y sus rezos de forma clandestina.
Aquí radica la singularidad psicológica de este grupo. No fueron arrestadas por accidente; ellas se ofrecieron como pararrayos.
Al ver que Francia se desangraba en matanzas, profanaciones y guerras civiles, la priora de la comunidad, la Madre Teresa de San Agustín, propuso a sus hermanas un acto radical de ecología espiritual; realizar un voto solemne para ofrecer sus vidas en holocausto (sacrificio) a Dios, con el fin de apaciguar el derramamiento de sangre y devolver la paz a Francia y a la Iglesia.
Este voto no fue un acto de fanatismo ciego. Cuando la Madre Teresa lo propuso en 1792, dos de las monjas más ancianas retrocedieron aterrorizadas. La idea de la guillotina les causaba un pánico paralizante. La priora, demostrando un liderazgo sobrio, no las obligó. Entendía que un sacrificio, para ser válido, requiere soberanía y total libertad.
Horas más tarde, las dos ancianas, tras llorar y procesar el terror natural de su biología, se acercaron a la priora, pidieron perdón por su cobardía inicial y se unieron voluntariamente al voto. Las 16 mujeres firmaron el pacto. Habían calibrado el peso de la muerte y decidieron asumirlo juntas.
En junio 1794, fueron descubiertas, arrestadas y enviadas a la prisión de la Conciergerie en París (la antesala de la guillotina). Fueron juzgadas por el Tribunal Revolucionario en un juicio sumario, sin derecho a defensa. Las acusaciones oficiales fueron, esconder armas para la contrarrevolución, conspirar con la realeza y albergar correspondencia subversiva.
Las supuestas "armas" que el tribunal encontró en sus casas eran crucifijos y medallas.
El momento más brillante del juicio ocurrió cuando el fiscal las acusó del delito capital de "Fanatismo". Una de las monjas, la Hermana Enriqueta, se puso de pie frente al tribunal, fingió ignorancia y obligó al fiscal a definir el término en actas:
"Ciudadano juez, ¿podría explicarnos qué significa esa palabra, fanatismo?"
El juez, irritado, respondió: "Es esa adhesión estúpida a sus prácticas religiosas y a la realeza".
La hermana Enriqueta se volvió hacia el resto de las carmelitas y dijo con victoria:
"¡Escuchad, mis queridas madres y hermanas! Nos condenan por el apego a nuestra santa religión. Nos han concedido el mérito del martirio que tanto deseábamos".
Las desarmaron jurídicamente, el Estado tuvo que admitir que las mataban por su fe, no por un complot político. La ejecución de las Carmelitas de Compiègne rompió todos los protocolos sociológicos del Terror.
Normalmente, el trayecto de los condenados en las carretas hacia la Plaza del Trono Derrocado era un espectáculo dantesco. La muchedumbre parisina los insultaba, les lanzaba basura y gritaba obscenidades. Sin embargo, cuando las 16 mujeres (vestidas con partes de sus hábitos religiosos que habían logrado recuperar) subieron a las carretas, comenzaron a cantar las Vísperas, el Miserere y, finalmente, el Salve Regina.
El sonido de sus voces generó un efecto psicológico aplastante. La multitud, acostumbrada a la sangre, guardó un silencio absoluto y sepulcral. Nadie gritó. Nadie lanzó un solo objeto. Un espacio vacío y silencioso dominó las calles de París.
Al llegar a las escalinatas de la guillotina, la Madre Teresa pidió al verdugo un momento. Las monjas cantaron el Veni Creator Spiritus (el himno al Espíritu Santo) y renovaron sus votos de castidad, pobreza y obediencia frente a la máquina de matar.
El orden de la ejecución fue estrictamente jerárquico, pero a la inversa, como un escudo de protección
"Cada una de ellas se inclinaba y solicitaba permiso para morir, la priora lo autorizaba y subía la escalinata "
La primera en subir fue la más joven, la Hermana Constanza, una novicia a la que el Estado le había prohibido hacer sus votos, por lo que los hizo en ese instante frente a su priora. Subió los escalones cantando Laudate Dominum (Alabad al Señor).
El canto continuó sin romperse. Cada vez que caía la cuchilla, el coro se hacía más pequeño y tenue, pero no se detenía. La última en subir, tras ver morir a sus 15 hijas espirituales, fue la Madre Teresa de San Agustín.
Si analizamos este evento bajo la lupa de la "física espiritual" y el voto que hicieron para apaciguar el baño de sangre de Francia, el resultado histórico es escalofriante:
Exactamente diez días después de su ejecución, el 27 de julio de 1794, Maximilien Robespierre fue derrocado y ejecutado. El Régimen del Terror llegó a su fin de manera abrupta y la guillotina detuvo su ritmo frenético.
Las Mártires de Compiègne son el testamento definitivo de que el poder totalitario puede dominar el cuerpo, expropiar los bienes y usar la fuerza bruta, pero es absolutamente impotente frente a una conciencia que ha decidido, de manera sobria y voluntaria, que su lealtad no pertenece a este mundo
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