En el ámbito de la teología, la liturgia y la espiritualidad católica, el término santificar las fiestas (derivado del latín sanctificare, que significa "hacer santo" o "consagrar a Dios"). No se trata de un simple consejo piadoso o de una tradición costumbrista, sino de un mandato divino de primer orden, inscrito tanto en el Decálogo del Antiguo Testamento (el Tercer Mandamiento), como en los preceptos de la Iglesia.
Santificar una fiesta no significa que el hombre tenga el poder de hacer que un día sea más santo en sí mismo, sino que el hombre se aparta de lo profano para sintonizar su tiempo con lo sagrado. Significa detenerse escuchar la mente y el corazón y esperar, contemplar, orar. Implica realizar tres acciones operativas fundamentales
Detener el oficio servil, significa detener el trabajo productivo, comercial y utilitario. El descanso no es mera holgazanería; es un acto de soberanía. Al detener la maquinaria laboral, el hombre declara que no es un esclavo del sistema económico, ni un simple animal de carga, sino un ser libre.
El Culto Público y Comunitario, para el catolicismo, la santificación del domingo y los días de precepto (como Navidad o el Corpus Christi) se realiza de forma comunitaria participando en la Santa Misa. Es el acto de devolverle a Dios el señorío sobre el tiempo, agradeciendo la Creación y la Redención.
El tiempo liberado del trabajo debe emplearse en cultivar lo que el día a día laboral desgasta: la vida familiar, las obras de misericordia (visitar enfermos, ayudar al necesitado), el estudio espiritual y el descanso del cuerpo.
La teología y la psicología humana coinciden en que este mandato no fue hecho para el beneficio de Dios —quien no necesita del culto humano—, sino para la preservación del hombre mismo. El ser humano debe cumplirlo por las siguientes razones:
Razón Antropológica:
El hombre sumergido en el trabajo continuo termina por deshumanizarse; se mide solo por lo que produce o por lo que gana. El mandato de santificar la fiesta interrumpe esa inercia de forma violenta cada siete días. Le recuerda al individuo: "Tú vales por lo que eres, no por lo que produces". Es una defensa de la salud mental y física del trabajador.
Razón Teológica:
El domingo (el "Día del Señor", que sustituyó al Shabbat judío) conmemora el acontecimiento central de la fe: la Resurrección de Jesucristo. Cumplir el mandato es un ejercicio de memoria histórica y espiritual. Al igual que en nuestras pláticas y acciones realizan una amnesia y el descuido destruye el orden, la santificación semanal de la fiesta actúa como un recordatorio de que la vida humana tiene un destino eterno y no termina en el cementerio.
Razón Psicológica:
El tiempo humano necesita ritmo. Una vida donde todos los días son iguales (donde el lunes se confunde con el domingo debido al trabajo remoto o el comercio ininterrumpido) genera una profunda fatiga existencial y vacío. Santificar la fiesta introduce una "arquitectura en el tiempo", un oasis semanal que permite resetear el sistema nervioso, evaluar el rumbo de la vida y recuperar la paz interior
En una sociedad hiperconectada y volcada al consumo, el precepto de santificar las fiestas es casi un acto de rebeldía mística. Quien cumple este mandato de forma sobria y pulcra, cerrando la computadora, apagando el ruido del negocio y asistiendo al altar, está emulando de cierta forma el gesto de Virgilio ante Medusa que analizamos al principio: está decidiendo cerrar los ojos ante el monstruo de la prisa y la ambición material, para abrirlos únicamente ante la trascendencia, la familia y su propia dignidad inalienable.
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