Hablar de los Mártires Chinos de la Rebelión de los Bóxers (1899–1901) es adentrarse en uno de los episodios de depuración y resistencia más masivos y brutales de la historia de la Iglesia universal y el peso de las lealtades extremas.
Este grupo de mártires, encabezado litúrgicamente por San Agustín Zhao Rong y sus 119 compañeros, fue canonizado de forma solemne por el Papa Juan Pablo II el 1º de octubre del año 2000. Su historia es el testimonio de hombres y mujeres que quedaron atrapados en el peor lugar posible: la intersección entre el odio nacionalista y la fidelidad a su conciencia.
A finales del siglo XIX, China sufría la humillación y el saqueo de las potencias imperiales occidentales (el Reino Unido, Francia, Alemania). En este ambiente de resentimiento y hambre, surgió una sociedad secreta mística y marcial conocida como los Yihequan ("Puños Rectos y armoniosos"), a quienes los occidentales llamaron simplemente los Bóxers.
Los Bóxers creían que los dioses tradicionales chinos los hacían inmunes a las balas y tenían un objetivo radical: exterminar todo elemento extranjero en China. El problema operativo fue que los Bóxers cometieron un error de juicio teológico; identificaron el cristianismo con el colonialismo occidental. Para ellos, los católicos chinos no eran creyentes en una fe universal; eran traidores a la patria, "demonios secundarios" (Er Guizi) que habían adoptado la religión de los invasores.
En 1900, la emperatriz viuda Cixi respaldó en secreto a los Bóxers, desatando una cacería humana sistemática.
La geografía de esta persecución se concentró con violencia en el norte del Imperio Qing, específicamente en las provincias de Hebei, Shanxi y la capital, Pekí.
A diferencia de otras persecuciones donde las ejecuciones se realizaban de forma individual tras un juicio en un tribunal, el martirio de los bóxers adoptó la forma de limpieza étnica y comunitaria. Pueblos enteros habitados por agricultores católicos fueron cercados y quemados vivos.
Uno de los puntos geográficos más dramáticos fue el pueblo de Zhujiahe, donde miles de cristianos se refugiaron en la iglesia local junto a los sacerdotes jesuitas franceses León Ignacio Mangín y Carlos de Guébriant. Los bóxers incendiaron el templo con la comunidad dentro; los que intentaban salir eran ejecutados a golpe de espada.
Lo que vuelve colosal la memoria de los mártires chinos es que la inmensa mayoría de las víctimas (87 de los 120 canonizados) eran civiles nativos chinos, campesinos, madres de familia, niños, catequistas y soldados de infantería. No eran europeos; eran hombres y mujeres de la dinastía Qing que tuvieron que elegir entre su identidad cultural y su verdad espiritual.
Los bóxers les ofrecían una salida matemática y sencilla para salvar la vida: pisar una cruz dibujada en la tierra o quemar incienso ante los ídolos de los templos locales para demostrar que volvían a ser "chinos puros". Las respuestas de estos mártires son monumentos a la fijeza del espíritu:
San Agustín Zhao Rong, era un soldado del ejército imperial chino que había custodiado a los prisioneros cristianos durante persecuciones anteriores. Quedó tan impresionado por la verticalidad y la paz con la que los cristianos morían que pidió el bautismo, se convirtió en sacerdote y fue arrestado y torturado hasta la muerte por los bóxers en 1900.
Santa Ana Wang, una joven de apenas 14 años. Cuando los bóxers la llevaron al lugar de ejecución y la instaron a apostatar para no morir tan joven, ella se arrodilló, miró al cielo y dijo con serenidad; "La puerta del cielo está abierta para todos", extendiendo el cuello para recibir el golpe de la cimitarra.
San Chi Zhuzi: Un joven de 18 años a quien los bóxers atraparon en su pueblo. Mientras le cortaban el brazo derecho y lo desollaban vivo, les dijo a sus verdugos: "Cada pedazo de mi carne, cada gota de mi sangre os repetirá que soy cristiano".
El gran error histórico de la emperatriz Cixi y de los bóxers fue creer que asesinando a los cristianos limpiarían a China de la influencia extranjera. Lo que lograron fue exactamente lo contrario: enraizar el catolicismo en la tierra china con la tinta de la sangre nativa.
Los mártires del año 1900 demostraron que el cristianismo no era la religión de los barcos de guerra occidentales, sino una verdad universal por la cual el campesino chino más humilde estaba dispuesto a morir con la misma dignidad que un santo romano del siglo III.
Su legado es la columna vertebral de la Iglesia clandestina y oficial que sobrevive hoy en día en China bajo condiciones de enorme dificultad política. Celebrar a Agustín Zhao Rong y sus compañeros es recordar que la fe, cuando es auténtica, deja de ser una importación cultural para convertirse en la soberanía absoluta de la conciencia; una fuerza interior tan inquebrantable que ningún puño marcial ni decreto imperial ha logrado jamás sepultar bajo la tierra.
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