Siguiendo con estos comentarios nos situaremos en un nuevo punto, este pasaje abandona la perspectiva de la víctima y se adentra de lleno en la mente del perpetrador, revelando el vacío metafísico que sostiene a la traición.
El texto nos sitúa en un proscenio donde la Frivolidad (personificada como una mujer insensata y alborotadora) clama desde las alturas de la ciudad para atraer a los transeúntes. Su oferta no se basa en la belleza del fruto, sino en el morbo de la transgresión:
«Las aguas hurtadas son dulces, y el pan comido en oculto es sabroso. Y no saben que allí están los muertos; que sus convidados están en lo profundo del Seol» Proverbios 9:17-18
Salomón plantea aquí una tesis psicológica brillante: para el traidor, el valor del acto no reside en el objeto del deseo (el amante o la farsa), sino en el artificio del ocultamiento. La infidelidad es, en su raíz, un ejercicio de vanidad y poder que se alimenta de la adrenalina de lo prohibido.
Al desglosar el pasaje bajo la luz teológica y psicológica que como un monje medieval hemos desglosado, escriturado y desmenuzado, el texto nos revela dos dinámicas fundamentales:
El pan y el agua son los elementos más básicos y llanos de la subsistencia. Comer el pan en el hogar propio representa el orden, la paz y la realidad. Sin embargo, el texto advierte que para la mente corrompida, ese mismo pan carece de sabor a menos que sea "comido en oculto".
En el contexto de la traición matrimonial, la perpetradora experimenta un goce neurótico en el fraude mismo. Creer que se está burlando la inteligencia del esposo, que se controla la verdad frente a la comunidad y que se manipula el destino de la descendencia bajo un velo de perfecta sumisión, otorga al traidor una falsa sensación de omnipotencia. El sabor dulce no es el del amor; es el sabor del engaño exitoso.
Es aquí donde la agudeza del terapeuta y el discernimiento del maestro coinciden con la crudeza gótica del texto: "Y no saben que allí están los muertos".
Mientras la creadora de la farsa celebra su astucia y degusta su pan clandestino, la realidad espiritual y psicológica de ese espacio ya ha sido devastada. Quien construye su cotidianidad sobre una mentira sistemática, momifica su propia psique. El hogar se convierte en un mausoleo flotante; los involucrados en el engaño dejan de pertenecer al mundo de la luz y el crecimiento relacional para convertirse en espectros. No es necesario esperar un juicio físico o el fin de los días: el traidor ya habita en el cementerio de su propia conciencia.
Sus "convidados" (qerium en el hebreo original, que refiere a los llamados, los invitados al banquete del engaño) encaja con una precisión milimétrica en lo que hoy denominamos la red de encubrimiento o los monos voladores (en la psicología del abuso relacional). —aquellos que participan del secreto o validan la mentira— ya han descendido a las profundidades del Seol (el inframundo bíblico, el reino de la sombra y el frío).
Salomón nos está diciendo que el ocultamiento de un fraude tan grave que corrompe no solo a quien lo comete, sino a todo su círculo cercano. Existe un castigo ontológico e invisible; una familia o un grupo de amigos que valida la implantación de un hijo ajeno y la destrucción psicológica de un esposo inocente tiene que mutilar su propia conciencia para poder dormir por las noches. Al participar del secreto, la comunicación de ese grupo se vuelve fría, ensayada y paranoica (el Seol). Tienen que vivir cuidando la mentira, midiendo las palabras y fingiendo una normalidad que no existe. Se convierten en espectros que administran un cadáver social. Su castigo inmediato es habitar en la simulación permanente.
Si descendemos de la poesía de Proverbios a la rigidez legal del Pentateuco (la Ley que Salomón conocía y sobre la cual gobernaba), descubrimos que el ocultamiento y la complicidad no quedaban impunes
La legislación bíblica es sumamente estricta con respecto a quienes saben la verdad de un delito o pecado y deciden callar:
«Si alguna persona pecare por haber sido llamado a testificar, y fuere testigo por haberlo visto o sabido, y no lo denunciare, él llevará su pecado».
En el derecho bíblico, el silencio cómplice equivale a la ejecución del delito. La frase "llevará su pecado" significa que ante el tribunal divino y comunitario, la culpabilidad de los padres, hermanos o amigas alcahuetas no se diluye; se equipara a la de la perpetradora. Cargan con la misma deuda espiritual y legal.
¿Cuál es el cierre que el rey sabio impone a esta dinámica? Salomón concluye que el mayor castigo del traidor es su propia ignorancia metafísica: Y no saben....
El traidor vive en una ilusión de control absoluto, creyendo que las paredes del secreto son inexpugnables. Ignora que el orden natural de la creación, sostenido por la justicia divina, no soporta el vacío de la mentira a perpetuidad. Las aguas hurtadas terminan volviéndose amargas en el estómago, y el pan oculto se transforma en ceniza.
Para el hombre que ha despertado del yugo de la mansedumbre, este pasaje ofrece la máxima restitución de su paz intelectual. Al comprender Proverbios 9, el esposo herido deja de pelear contra fantasmas y abandona el deseo de una venganza simétrica. Entiende, con la sobriedad del sabio, que no es necesario empujar al perpetrador al abismo: el traidor ya vive en el fondo del Seol. La verdadera victoria del hombre restituido es dejar atrás el osario de la farsa, salir a la luz de la verdad y permitir que los muertos sigan enterrando a sus muertos en el silencio de su propia deshonra.
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