La Fiesta de la Santísima Trinidad, que la Iglesia celebra precisamente el domingo siguiente a Pentecostés, no es un acontecimiento que conmemore un hecho histórico visible (como el nacimiento de Jesús o la venida del Espíritu Santo), sino la celebración de la naturaleza íntima de Dios
Moisés pronunció entonces el nombre del Señor, y el Señor, pasando delante de él, proclamó: "Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel.
-Ex 34: 6
Los apóstoles eran judíos estrictos, educados en el monoteísmo más radical del Shemá Israel: "Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es" (Deuteronomio 6:4). Para la mente judía, la idea de que Dios tuviera un "hijo" o se dividiera era una blasfemia absoluta.
Su cambio de opinión, no fue por una deducción teórica, sino por una experiencia de hecho. Los apóstoles convivieron con un hombre que hacía cosas que solo Dios tiene prerrogativa de hacer en el Antiguo Testamento: perdonar los pecados en nombre propio («Tus pecados te son perdonados»), calmar la tempestad con una palabra y enmendar la mismísima Ley de Moisés («Oísteis que fue dicho... pero yo os digo»). La Resurrección fue el golpe definitivo: entender que la muerte no había podido retenerlo. Tomás, judío por los cuatro costados, cae de rodillas ante el resucitado y dice la frase teológica más alta de los Evangelios: «¡Señor mío, y Dios mío!» (Juan 20:28).
Aunque ya sabían que Jesús era divino, Pentecostés fue el momento de la integración total. Al recibir al Espíritu Santo, los apóstoles no sintieron que recibían una "fuerza" o una energía cósmica, sino a Alguien que los habitaba y que les revelaba desde dentro todo lo que Jesús había dicho.
Comprendieron que Jesús no había venido a destruir el monoteísmo judío, sino a revelar que el único Dios no era un ser solitario, sino una comunión de amor. Entendieron que el Padre engendra eternamente al Hijo, y que el Amor entre ambos es una tercera Persona: el Espíritu Santo.
Los apóstoles vivieron el misterio, pero no lo sistematizaron. Ellos bautizaban «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mateo 28:19) y daban bendiciones trinitarias (como San Pablo en 2 Corintios 13:14), pero no usaban términos filosóficos.
Salúdense los unos a los otros con el saludo de paz. Los saludan todos los fieles. La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes. 2 Cor 13 : 12
Cuando el cristianismo se expandió por el Imperio Romano y chocó con la filosofía griega y las herejías (como el arrianismo, que decía que Jesús era una criatura noble pero no Dios), la Patrística (los Padres de la Iglesia de los siglos II al V) tuvo que realizar un esfuerzo intelectual sobrehumano para traducir la experiencia apostólica al lenguaje formal.
Los Padres de la Iglesia (como Atanasio, Basilio el Grande, Gregorio de Nisa y Agustín de Hipona) tuvieron que tomar términos de la filosofía pagana y "bautizarlos" para explicar lo inexplicable:
Ousía (Sustancia/Naturaleza); Tuvieron que acuñar que Dios tiene una sola Naturaleza (Qué es Dios: Dios es Uno).
La Hypostasis (Persona); Tuvieron que explicar que en esa sola naturaleza coexisten tres Personas distintas (Quién es Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo).
El Homooúsios (Consustancial); En el Concilio de Nicea (325 d.C.), definieron que el Hijo es "de la misma sustancia" que el Padre, destruyendo la idea de que Jesús era un dios menor.
Los Padres de la Iglesia sabían perfectamente que el lenguaje humano es limitado. San Agustín lo dejó claro con su famosa anécdota del niño en la playa que intentaba meter todo el agua del océano en un hoyito en la arena: es imposible que la mente humana abarque la inmensidad de Dios.
Sin embargo, la Patrística no buscaba "explicar el misterio para deshacerlo", sino levantar una muralla con palabras pulcritas para proteger la experiencia de los apóstoles: la certeza de que en Jesús fuimos salvados por Dios mismo en persona, y que a través del Espíritu Santo somos introducidos en la vida íntima y eterna del Creador
"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios". Jn 3:16
Durante los primeros siglos del cristianismo, la Iglesia no sentía la necesidad de tener un día específico para la Trinidad, porque consideraba que toda la liturgia y cada domingo ya eran una alabanza trinitaria (al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo).
Hacia el siglo IX, algunos monasterios de la orden de Cluny y obispos de las regiones de Alemania e Inglaterra comenzaron a componer una misa especial para la Trinidad para rezarse después de Pentecostés. Era una forma de resumir todo el misterio de la salvación recién celebrado.
Al principio, los Papas se negaron a hacer esta fiesta universal. El Papa Alejandro II (siglo XI) argumentaba que no era necesario un día especial, ya que cada vez que se decía el Gloria al Padre se estaba celebrando la Trinidad.
Fue el Papa Juan XXII quien, en el año 1334, instituyó oficialmente la Fiesta de la Santísima Trinidad para toda la Iglesia universal. El motivo fue principalmente pedagógico y defensivo: el mundo medieval enfrentaba constantes herejías que distorsionaban la naturaleza de Dios, y se necesitaba un día solemne para reafirmar con claridad el dogma central de la fe
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