Por aquellos días, como el número de los discípulos iba en aumento, hubo quejas de los llamados helenistas contra los llamados hebreos, porque según ellos sus viudas eran tratadas con negligencia en la atención de cada día. Los Doce reunieron la asamblea de los discípulos y les dijeron: «No es correcto que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por hacernos cargo de las mesas. Por lo tanto, hermanos, elijan entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría; les confiaremos esta tarea -- Hechos de los Apóstoles 6, 1-3
En el amanecer de la Iglesia en Jerusalén, el aire bullía con el fervor de lo nuevo, pero también con las asperezas de lo humano. La comunidad, que compartía bienes y oraciones en un solo espíritu, comenzó a experimentar las grietas de su propia diversidad. La tensión estalló en el murmullo de las calles: los judíos helenistas, aquellos que venían de la diáspora y hablaban el griego del imperio, alzaron la voz contra los hebreos, los locales que conservaban el arameo y las tradiciones de la tierra. El motivo parecía pequeño pero tocaba el corazón del Evangelio: sus viudas estaban siendo olvidadas en la distribución diaria de los alimentos.
La Jerusalén del siglo I era na ciudad amurallada, densamente poblada y llena de contrastes. El conflicto surge en las mesas comunes, en los barrios donde la caridad se distribuía. El espacio se queda pequeño. La comunidad crece tan rápido que los Doce ya no pueden supervisar cada detalle. Los Apóstoles comprenden que su geografía espiritual es la Palabra y la Oración. Si se dedican a servir las mesas, descuidan el "faro" que guía a toda la comunidad. No es que servir mesas sea inferior, sino que cada miembro debe ocupar su lugar en el cuerpo místico para que este funcione.
Esta discrepancia no era solo un error logístico; era el primer desafío a la unidad del cuerpo místico. Los doce Apóstoles, al sentir el peso de esta fricción, comprendieron que la Iglesia había llegado a un umbral de crecimiento que exigía una transformación. No podían permitir que el fuego de la Palabra se apagara por la fatiga de la administración, ni que la caridad se volviera un motivo de división. Fue entonces cuando convocaron a la asamblea y pronunciaron una sentencia que definiría la estructura eclesial por los siglos venideros: no era justo que ellos descuidaran la oración y el servicio de la Palabra para servir a las mesas.
Aquí nace la geografía de los ministerios. Los Apóstoles pidieron a la comunidad elegir a siete hombres de buena fama, llenos de sabiduría y del Espíritu, para confiarles esta tarea. En un gesto de profunda delicadeza y justicia restaurativa, los elegidos resultaron ser hombres de nombres griegos, como Esteban y Felipe; los mismos helenistas que se sentían desplazados fueron constituidos guardianes de la caridad de todos. Los Doce les impusieron las manos, delegando autoridad y creando un cauce para que la Gracia fluyera sin obstáculos por las venas de la comunidad.
Este evento es la semilla de lo que San Pablo describiría más tarde como el diseño perfecto de Dios para su Iglesia. Pablo explicará que el mismo Espíritu que resucitó a Jesús es quien constituye a unos como apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelistas, y a otros como pastores y maestros. Esta separación de funciones no nace de una jerarquía de importancia, sino de una necesidad de armonía. El pastor cuida el rebaño, el maestro ilumina la inteligencia, y el diácono sostiene al desvalido, pero todos trabajan para que el cuerpo alcance la estatura de Cristo.
La estructura, por tanto, surge como el esqueleto que sostiene la carne viva del amor. Al organizar el servicio de las mesas, la Iglesia no se volvió una institución fría, sino que se hizo más capaz de amar. La Palabra pudo difundirse con más fuerza porque había hombres dedicados enteramente a ella, mientras que los más pobres fueron atendidos con una dignidad que antes les faltaba. Aprendemos de este relato que la organización es el acto de humildad de quien reconoce que no puede hacerlo todo, permitiendo que cada miembro ponga su don al servicio del Reino, transformando la tensión del conflicto en la fuerza del crecimiento.
Los nombres de los siete elegidos Esteban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás son todos nombres griegos. Los Apóstoles, con una sabiduría profunda, permiten que sean los mismos "ofendidos" quienes gestionen la caridad, eliminando así cualquier sospecha de favoritismo.
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