poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que de veras siente.
- Fernando Pesoa
I
II
Y así, en esa misma inercia, seguía mi día. El turno vespertino en el trabajo. La ducha del medio dia, el agua tibia cayendo sobre un cuerpo que parecía no haber notado nada. Luego, el uniforme planchado, la rutina de conducir, la misma ruta, bajo el mismo sol, los mismos saludos a las pocas personas que conocía. Pero fue en este último punto donde un detalle, un pequeño y traicionero destello, comenzó a filtrarse. Aquellas personas, a las que saludaba por simple cortesía, empezaron a sonreír. Sus conversaciones, antes un simple murmullo, se volvieron más largas, más cercanas, más claras, los abrazos y saludos más cordiales, los días menos sombríos y el lugar más colorido, la soledad que percibia se había corrido detrás del telón y los personajes tenía cara e historias, En mi inmutable existencia, la vida había comenzado a sumar una brillantez que no conocía. De pronto, los días ya no eran solo una repetición vacía, sino una serie de pequeños descubrimientos, de nuevas conexiones. El mundo, que se negaba a detenerse por tu ausencia, parecía, en cambio, empezar a girar a mi alrededor, revelándome una existencia que ya no necesitaba de tu presencia para tener sentido.
III
Mi vida, por otro lado, se había construido sobre cimientos de la curiosidad, Una curiosidad insaciable me había empujado a través de ideas, lecturas y la filosofía de la academia. Amaba las enciclopedias, los textos, los cuentos y novelas, el orden estricto de una biblioteca, todo lo que pudiera enseñarme a comprender el mundo.
Soy, además, hijo de un militar, por lo que, intrínsecamente, la disciplina, la jerarquía y el orden eran parte de mí, de un código invisible que guiaba mi vida. La abnegación, la disciplina,el espíritu de cuerpo y la Lealtad y el Honor . A pesar de que de niño no comprendía del todo, y a menudo reclamaba la ausencia de mi padre, pero al parecer sus ideas, su semilla se quedaron guardadas en mi y en mi actuar.
Quizás por eso, ante el evento que debería haber sido el más devastador de mi existencia, mi respuesta fue de una calma casi insultante. No hubo lamentos, no hubo histeria. El vacío que dejaste, ese otro hombre y un vientre ajeno, no me desgarró como la lógica emocional hubiera dictado. Me encontré, en cambio, aceptando la realidad con la fría resignación de quien comprende que hay batallas que no se pueden ganar. Como un soldado que ve la derrota en el campo de batalla, mi única opción fue guardar silencio y aceptar esa realidad. Silencio. Un silencio que no era de debilidad, sino de una férrea disciplina forjada a fuego lento.
Y allí, en el corazón de ese silencio, se instaló el absurdo. Porque si la vida, que para mí había sido siempre una ecuación de orden y disciplina, podía ser destruida por la traición y la deslealtad, ¿entonces qué era todo? Mi inmutable rutina, el café, los perros, El desayuno, la lavadora, el trabajo, se coonvirtieron en un comentario irónico de la propia existencia.
La vida se negaba a reconocer el drama que había ocurrido. Y yo, un soldado raso sin experiencia de guerra, con mi mundo en ruinas pero mi rutina intacta, no pude sino observar cómo lo más sagrado, lo más inmutable de mi vida, había resultado ser solo el engranaje de una historia que ya no escribíria, una mota de polvo cósmico o solo un terrón sagrado que debía seguir caminando .
IV
Acepto, sin pudor y sin temor, que nuestra historia no era un terreno fértil de paz, sino una geografía inestable de altibajos poderosos. Pero jamás, ni en la más oscura de mis introspecciones, consideré el abismo que, en silencio, se abrio entre nosotros. Dormías a mi lado, despertabamos y abrazabamos al sol. El goteo de la cafetera seguía, el chisporroteo del aceite del omelette y los sonidos de la tabla picando verduras... te preparaba el desayuno y el sol volvía, todas las mañanas. vendabas mis heridas, cuidabas mis fiebres, te preocupaban los efectos psíquicos de las drogas que circulaban en mi sistema. Yo cuidaba de ti, de tu descanso, de tu dieta, de tus dolores, mis mis manos aún tenían un propósito.
Creí, en mi ingenuidad más profunda, que mi existencia era el pilar que sostenía la tuya. Sin embargo, al final, éramos dos extraños conviviendo en una misma casa, un par de compañeros, no amantes, un par de mortales con vidas paralelas que corrían tan cerca que jamás se tocaron.
Mi descenso a las sombras psíquicas, mi búsqueda de orden en el caos de mi mente, mi comportamiento y tu fuga hacia una felicidad que ya no compartíamos, no eran sino dos trayectorias que, aunque iniciadas juntas, jamás se encontrarían en el mismo horizonte.
No discuto el haberte marchado. Nunca lo hice, mis silencios fueron el mayor ejemplo de eso. Te discuto la forma, el método, la traición a un código invisible que, en mi mocedad, creí que era sagrado para ambos. Una firma, un papel, que para ti no significaban nada, pero a mis ojos parte y cimiente de una verdad. El puñal no me dolió al clavarse, sino al ver que lo esgrimía una mano que creí un alma igual a la mía.
V
Aún me habita el eco del momento de la revelación, una explosión silenciosa de escombros emocionales. Recuerdo las lágrimas sin cauce, los gritos que ahogué en la garganta, la boca sellada por un estupor que no comprendía. Mi mente, sin embargo, se abría como una frontera recién derribada, dejando al descubierto un paisaje de verdades que jamás imaginé.
No puedo llamarme víctima, pero tampoco fui un agresor. Y a la luz de los meses, he comprendido que, aunque no hubo golpes ni sangre, mi espíritu y mi corazón fueron lanzados a un molino de una violencia sin rostro. Me acusaste de abandono cuando fuiste tú quien había huido hacía tiempo. Desvinculaste, no solo nuestros cuerpos, sino el tejido mismo de los sueños que tejimos. Rompiste los pactos, las visiones y los planes que nos daban sentido. Me señalaste con el dedo de la desconexión, pero fuiste tú quien negaste cualquier intento de negociación, quien dinamitó los puentes antes de que pudiera entender el abismo.
No sé si fui víctima, un personaje secundario en tu obra o un simple paso en tu camino. Pero fue tu decisión. Y en el corazón de esa verdad, reside la herida más profunda. No fue un acto mutuo, no fue sano, no fue honesto. Y, a pesar de que no haya marcas en la piel, sí fue una muerte violenta.
VI
Las noches sonaban impasiblemente con el ensordecedor silencio, acompañados por aullidos y aspiraciones perrunas, las noches sonreían contentamente ante la ironía del porvenir, el absurdo de los ciclos, las repeticiones de miles de oraciones, presentadas ante el altar, palabras suelta en el papel, cientos o porque no miles de esquemas, planes y directrices, objetivos vivos y sin embargo el Telon de fondo se cerraba detrás de mi, yo frente a ese público parado en proscenio con mis dos máscaras, ¿Cuál de ellas les pertenece? ¿La que ignora el susurro en el pasillo o la que finge que el porvenir no es un papel rasgado? El telón ha caído y ya no hay guion que seguir.
Me miro las manos: están manchadas de la tinta de mis propios planes rotos. No hay más aplausos ni más juicios; solo queda el hombre, el niño, el soldado raso, el amante cansado, entendiendo que el escenario siempre fue el mismo incendio, y que yo, por fin, he dejado de actuar. Afuera, los aullidos callan; aquí adentro, por fin, el silencio deja de ser ensordecedor para volverse, simplemente paz.
VII
La muerte de mi padre fue el evento más devastador, una pérdida que alteró mi gravedad para siempre. El hombre que con su ejemplo me llevo hasta mis límites, nunca me impuso disciplinas ni castigos, su mano franca por fin me veía como un igual, el Sargento ya veía a un Cabo, la peste, la maldita peste se lo llevó, Su muerte me derrumbó, sin embargo, no me destruyó. Como hijo de la infanteria, comprendí su partida como una orden de retirada final; un dolor legítimo, con jerarquía, que se ajustaba perfectamente al código de honor y a los ciclos del absurdo que tanto he estudiado. Fue un terremoto en el cuartel, pero los cimientos, su semilla en mí, permanecieron intactos. El cristal resistió la presión porque la muerte es, al fin y al cabo, una reacción prevista en la ecuación de la existencia.
Ella, tengo que nombrarla, en cambio, no fue una presión externa; fue una falla
Su traición no golpeó la estructura, sino que corroyó el concepto mismo de la viga. Mi padre me enseñó a resistir el asedio, pero ella me enseñó que el plano de la fortaleza era falso. La muerte de mi padre me dejó huérfano, pero con mi brújula calibrada; su traición me dejó con el compas en la mano descubriendo que el norte ya no existía. Me destruyó porque no atacó mi cuerpo, ni mi rutina, sino que dinamitó cómo zapadora los cimientos de muralla de castillo, de lealtad sobre el cual yo había construido mi fe en el orden.
Hoy entiendo que uno puede sobrevivir a la pérdida total, pero la desintegración del código es un proceso de entropía que no deja cenizas, sino un vacío donde antes habitaba la verdad.
VIII
He llegado, pues, a la última trinchera. Ya no busco reconstruir el mapa ni calibrar la brújula; he comprendido que el terreno, tal como lo conocía, ha dejado de existir. La traición no fue una batalla perdida en el campo de la lealtad, sino la revelación de que el campo mismo era una ilusión óptica, un espejismo sostenido por mi propia necesidad de orden.
Si la disciplina fue mi armadura, hoy acepto que esta solo sirvió para que la caída fuera más silenciosa, más rígida, y por ende, más absoluta. Pero en el centro de esta nada, tras la erosión de mis cimientos, algo ha comenzado a germinar que no pertenece a la milicia, ni a la filosofía, ni al rastro de lo que fui.
Es la sobriedad del superviviente que ha dejado de buscarle lógica al fuego.
Hoy no cierro un capítulo para comenzar otro; simplemente recojo los restos de esta arquitectura y los dejo donde el azar los dispuso. Ya no soy el soldado que vigila la integridad del muro, ni el hijo que busca el reflejo del padre en el horizonte. Soy, por fin, el hombre que habita las ruinas sin intentar edificarlas. El silencio ya no es una estrategia de resistencia, ni una máscara de estoicismo; es, sencillamente, la ausencia de ruido. He soltado el compás. El norte ya no es una dirección, ni un lugar, es en su totalidad un camino de ida, inicie este camino, empecé a recorrer el mundo, mi mundo, me encerré en el haiku, la metáfora, la rima, los versos corrieron y seguirán, mi norte ya no existe, pero hay 3 rumbos nuevos que visitar. Aleje a los psicopompos, me hice amigo de los demonios, camine con los sabios y profetas, como el buen Dante baje alos infiernos mismos de mi ser, ahora subo los peldaños de mi propio paraiso, en la espera de que la segunda mitad de mi vida sea por lo menos heroica y brillante.
Y quienes leen lo que escribe,
sienten, en el dolor leído,
no los dos que el poeta vive,
sino aquél que no han tenido.
- Fernando Pessoa
Había un hombre intentando entender cómo seguir viviendo después de perder no solo a alguien, sino también la forma en la que entendía el amor y la vida.
ResponderBorrarViene desde un lugar al que muy poca gente se atreve a entrar realmente.
Eso me rompió un poquito el corazón🩷
Ru
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