SOLEDAD

¡Soledad! ¿Acaso conoces tú la soledad? Sí, la de los
poetas y la de los impotentes. ¿Soledad? Pero ¿cuál?
¡Claro, tú no sabes que solo no se está nunca! ¡Y por todas partes nos acompaña el mismo pesado fardo del futuro y del pasado! Los seres que hemos matado están con nosotros. Y con ésos aún sería fácil. Pero están también los que hemos amado, los que no hemos amado y nos han amado, y los remordimientos, el deseo, la amargura y el goce, las putas y la pandilla de los dioses. ¡Solo! ¡Ah, ojalá, en vez de esta soledad envenenada de presencias que es la mía, pudiera disfrutar de la auténtica, del silencio y del temblor de un árbol!

¡La soledad! No, Escipión. La soledad la puebla un rechinar de dientes y en toda ella resuenan ruidos y clamores perdidos. Y junto a las mujeres a las que acaricio, cuando cae la noche sobre nosotros y,
alejado de mi carne por fin satisfecha creo asir un asomo de mí mismo suspendido entre la vida y la muerte, entonces mi soledad entera se llena del agrio olor del placer que desprenden las axilas de la mujer que aún dormita a mi lado.

A todos los hombres la vida les depara alguna cosa grata que les ayuda a seguir. Hacia ella se vuelven cuando sienten que no pueden más.

—Es cierto, Escipión.

¿Y no hay nada así en la tuya: el instante del llanto, un refugio silencioso?

— Bueno, sí.

— ¿Y qué es?

— El desprecio.

Albert Camus,
Calígula (Acto segundo - Escena XIV).


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