SAN SABAS REYES

La historia de San Sabas Reyes Salazar es, dentro del martirologio de la Cristiada, una de las crónicas más desgarradoras por la saña del tormento y, a la vez, una de las más luminosas por la mansedumbre del testigo. Si San Toribio Romo es el auxilio del caminante, San Sabas es el modelo de la entereza en el silencio.

Sabas nació en Cocula, Jalisco, en 1883. Su origen era sumamente pobre, lo que forjó en él un carácter austero y una voluntad de acero. Tras años de esfuerzo, fue ordenado sacerdote en 1911. 

Su ministerio se desarrolló principalmente en Tototlán, Jalisco. No era un hombre de grandes discursos, sino de una presencia constante. Cuando estalló la persecución religiosa y se ordenó el cierre de los templos, él decidió que su "geografía de fe" no eran las cuatro paredes de una iglesia, sino las casas de sus fieles. Se quedó oculto en el pueblo, bautizando y casando en la penumbra de los hogares, sabiendo que su cabeza tenía un precio.


El diseño de su martirio comenzó un Miércoles Santo. Las fuerzas federales tomaron Tototlán con el objetivo específico de capturar a los sacerdotes. Sabas tuvo la oportunidad de huir a los cerros, pero prefirió quedarse para no dejar a su rebaño sin consuelo en los días de la Pasión.

Lo que sigue es una de las páginas más oscuras de la persecución:

Fue delatado y conducido al templo, que había sido convertido en cuartel y caballeriza.

Lo ataron a una columna del baptisterio. Durante tres días, se le negó el agua y la comida. Para burlarse de él, los soldados bebían frente a sus ojos y le arrojaban los restos. Sabas, imitando al Maestro en la Cruz, solo respondía con el silencio o la oración.

El Viernes Santo, enfurecidos por su resistencia espiritual, los soldados quemaron sus manos con brasas de carbón y antorchas, diciéndole: *"A ver si así dejas de bendecir"*. San Sabas, con las manos carbonizadas, se mantuvo en una pieza.

El 13 de abril de 1927, fue conducido al cementerio local. Al llegar al muro, los soldados, que paradójicamente sentían miedo de aquel hombre que no se quebraba, le dispararon. Sus últimas palabras fueron el grito que sellaba el destino de los mártires de esa época: "¡Viva Cristo Rey!".

Su fuerza no radicaba en la violencia, sino en la capacidad de absorber el dolor sin perder su forma original. Fue un "puente" que permitió que la fe de su pueblo cruzara el río de la persecución.

A menudo buscamos grandes explicaciones o reconocimientos. Sabas murió en un cementerio polvoriento, casi en el anonimato del momento. Pero su fidelidad en lo pequeño (no abandonar su parroquia) lo convirtió en algo eterno.

San Sabas fue canonizado por San Juan Pablo II en el año 2000. Su fiesta se celebra el 21 de mayo junto a sus compañeros mártires, pero su nombre individual brilla por esa capacidad de haber transformado el tormento de sus manos en una bendición perpetua para México.


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