MELIORISMO

La idea de que el mundo puede ser mejorado es, en su raíz, un acto de insurrección contra la parálisis. Durante mucho tiempo me acostumbré a mirar la realidad como un bloque de granito, algo inamovible y pesado que simplemente debíamos aprender a circunnavegar para no salir lastimados. Crecí escuchando que el optimismo era una ingenuidad de los que no leían los periódicos y que el pesimismo era la única forma honesta de ser inteligente. Pero en medio de esas dos trincheras, descubrí un sendero estrecho y pedregoso que los filósofos llamaron meliorismo.

El meliorismo no es la sonrisa fácil de quien ignora la tragedia. Al contrario, es una filosofía que nace de las rodillas raspadas. Recuerdo una tarde caminando por un barrio que el tiempo había decidido olvidar. Las paredes estaban descascaradas y el salitre parecía devorarlo todo. En una esquina, un hombre viejo pintaba de blanco un pequeño trozo de barda que apenas sostenía un jardín de macetas improvisadas en botes de hojalata. Al verlo, uno podría pensar que su esfuerzo era inútil frente a la inmensidad del deterioro circundante. Sin embargo, aquel hombre no estaba tratando de salvar la ciudad ni de borrar la pobreza; estaba mejorando su metro cuadrado de existencia. Eso es el meliorismo puro: la convicción de que el mañana no es una fatalidad escrita, sino una posibilidad que se amasa con las manos.

A veces la vida nos arroja a situaciones que parecen accidentes totales, naufragios de los que no se sale ileso. En esos momentos de tormenta mental, es muy fácil dejarse seducir por el pesimismo, esa voz que nos susurra que el diseño está roto y que no vale la pena intentar unir los puntos. Pero el meliorista mira la grieta y, en lugar de maldecirla por existir, se pregunta qué mezcla de cal y arena necesita para resanarla. No espera que la pared se arregle sola por un milagro del destino, ni se sienta a llorar sobre los escombros. Se pone a trabajar.

William James decía que la salvación del mundo es una posibilidad que requiere de nuestra cooperación. Me gusta pensar en esa frase cuando miro los errores del pasado. Si veo mi historia como algo estático, me hundo. Pero si la veo como una obra en construcción, entiendo que incluso el material de desecho, ese que parece inservible, puede ser la base de una estructura más sólida. El meliorismo es la arquitectura de la redención. Es entender que si bien no somos responsables de la tormenta, sí somos responsables de cómo reforzamos el faro.

En el fondo, esta postura es un ejercicio de humildad y de soberanía al mismo tiempo. Humildad para aceptar que no somos dioses y no podemos arreglarlo todo de un solo golpe. Soberanía para reconocer que tampoco somos hojas secas movidas por el viento del azar. Tenemos agencia. Tenemos la capacidad de inclinar la balanza.

Recuerdo otra anécdota, esta vez de un libro que leí hace años sobre un monje que plantaba árboles en un desierto. Alguien le preguntó por qué lo hacía si sabía que él nunca llegaría a ver los bosques terminados y que probablemente muchos morirían por la sequía. Él respondió que su trabajo no era garantizar la lluvia, sino asegurar que, si la lluvia llegaba, encontrara algo vivo donde caer. Esa es la esperanza activa. No es esperar a que las condiciones sean perfectas para ser mejores, sino hacer que las condiciones mejoren porque nosotros decidimos ser diferentes.

Vivir como un meliorista es una forma de introspección constante. Nos obliga a preguntarnos cada mañana qué parte de nuestro carácter o de nuestro entorno podemos pulir un poco más. No necesitamos utopías lejanas ni paraísos artificiales. Necesitamos el valor de creer que el esfuerzo humano tiene sentido, que el amor que ponemos en lo que hacemos realmente altera la química del universo. Es una fe que se suda, una alegría que se gana a pulso. Al final del día, el meliorismo nos regala la paz de saber que, aunque el mundo sea difícil, hoy lo dejamos un milímetro más habitable de como lo encontramos. Y en ese pequeño margen, en ese milímetro de mejora, es donde realmente sucede la vida.

El meliorismo encaja maravillosamente con alguien que busca "unir puntos" y encontrar sentido en las tormentas. Nos dice que, aunque no podamos borrar el pasado ni eliminar el dolor del mundo por completo, podemos redimirlo dándole un uso constructivo. Es la convicción de que, si bien el diseño original puede tener grietas, nosotros tenemos la mezcla de "cal y arena" necesaria para resanarlas y fortalecer el edificio.

El meliorismo es el Ojalá que anunciamos a viva voz y al mismo tiempo es el peregrinar de la acción esperanzada. Es creer que el futuro no está escrito en piedra, sino que se escribe con nuestras manos.

SEMPER AD MELIORA 



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