FUKUSHIMA KAIFUKU-TAI

Esta es  una historia que conmueve profundamente la estructura ética de Occidente porque rompe con nuestro instinto de preservación individual. El llamado  Skilled Veterans Corps (o Fukushima Kaifuku-tai en japonés) es un testimonio de lo que sucede cuando el sentido del deber se eleva por encima del miedo a la muerte.

Tras el terremoto y tsunami que provocaron la crisis en la central nuclear de Fukushima Daiichi, la situación era desesperada. Se necesitaba personal calificado para estabilizar los reactores y trabajar en zonas de altísima radiación.

Fue entonces cuando Yasuteru Yamada, un ingeniero jubilado de 72 años, comenzó a enviar correos electrónicos a sus antiguos colegas. Su lógica era tan cruda como heroica:

"Yo tengo 72 años y, en promedio, me quedan 13 o 15 años de vida. Los efectos del cáncer por radiación tardan 20 o 30 años en aparecer. Por lo tanto, si nosotros vamos, el cáncer no tendrá tiempo de matarnos. Si van los jóvenes, sus vidas se arruinarán".

Lo que comenzó con Yamada pronto se convirtió en un cuerpo de más de 250 voluntarios, todos ingenieros, mecánicos y técnicos jubilados, la mayoría por encima de los 60 años.

No eran aficionados; eran los hombres que habían construido las infraestructuras de Japón durante el "milagro económico" de la posguerra. Sabían cómo funcionaban las plantas porque ellos las habían diseñado.

El gobierno japonés y la empresa TEPCO fueron reacios al principio por el dilema ético de enviar ancianos al "frente de batalla", los veteranos insistieron. Argumentaban que enviar a jóvenes con capacidad reproductiva y décadas de vida por delante era un crimen generacional.

Ellos no buscaban fama. Se llamaban a sí mismos "Escuadrón de Suicidas" (en un sentido simbólico de entrega) pero trabajaban con una precisión técnica absoluta. Su objetivo era enfriar los reactores y limpiar los escombros radiactivos.

Desde nuestra perspectiva, lo que hicieron estos veteranos es la forma más pura de amor social. En una cultura donde el respeto a los mayores es sagrado, ellos invirtieron el papel: los mayores se convirtieron en el escudo de los jóvenes.

En Japón, tener un "lugar donde pertenecer" y una función es vital. Estos hombres encontraron su función final en proteger el futuro de su nación.

Ellos no podían evitar que el accidente hubiera ocurrido (el pasado), pero decidieron que podían hacer que el futuro fuera "un poco mejor" absorbiendo ellos mismos el daño.

El Skilled Veterans Corps nos enseña que el valor no es la ausencia de miedo, sino el cálculo sereno de dónde nuestra vida puede ser más útil. Yamada decía que no era valiente, sino "lógico". Pero esa lógica, bañada de compasión, es lo que construye los puentes de los que hemos hablado.

Ellos entendieron que su "diseño" de vida incluía este acto final de servicio. 
"Si solo hubiéramos reconstruido el país tras la guerra, habría sido suficiente... pero también lo protegimos en su momento más oscuro".

Hombres que pasaron 40 años aprendiendo ingeniería solo para que, al final de sus días, ese conocimiento sirviera para salvar a una generación que aún no nacía. 

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