En la ciudad de Cartago, hace casi dos mil años, una mujer llamada Felicitas nos dio una de las lecciones más grandes de fortaleza que el mundo ha conocido. Ella no era una mujer de castillos ni de grandes estudios; era una esclava, una mujer sencilla que servía en una casa noble. Pero, ante los ojos de Dios, Felicitas era una reina de la fe.
Felicitas estaba esperando un bebé cuando fue arrestada por ser cristiana. Junto con sus amigos, fue llevada a una prisión oscura y fría. Sin embargo, su mayor preocupación no era el miedo a la muerte, sino una ley que existía en aquel tiempo: las mujeres que estaban por dar a luz no podían ser llevadas a la ejecución, no por piedad, sino por no perder el "fruto" que pertenecía al estado o al amo.
Ella quería estar con sus hermanos de fe hasta el último momento. No quería quedarse sola cuando ellos partieran al encuentro con Jesús. Por eso, sus amigos se pusieron en oración, pidiendo que Dios permitiera que el niño naciera antes de la fecha del espectáculo en el anfiteatro.
Tres días antes de la fecha señalada, Felicitas comenzó con los dolores del parto. En medio del sufrimiento físico, uno de los guardias de la cárcel se burló de ella y le dijo:
— “Si ahora gritas y sufres tanto por un nacimiento, ¿qué vas a hacer cuando te arrojen a las fieras?”
Felicitas, con una calma que solo viene del Espíritu Santo, le respondió:
— “Ahora soy yo la que sufre; pero allá en la arena, habrá Alguien dentro de mí que sufrirá por mí, porque yo estaré sufriendo por Él”.
Estas palabras nos enseñan que, cuando hacemos las cosas por amor a Dios, nunca estamos solos. Él se hace presente en nuestra debilidad.
Poco después, nació una niña hermosa. Felicitas, sabiendo que su camino terminaba pronto, entregó a su hija a una mujer cristiana para que la criara como si fuera suya, con amor y en la fe. No hubo amargura en su despedida, sino la paz de saber que su hija quedaba en buenas manos y que ella misma estaba a punto de nacer a una vida nueva en el Cielo.
El día del martirio, Felicitas caminó hacia la arena con una alegría contagiosa. Se despojó de su condición de esclava para vestirse con la dignidad de una hija de Dios. Se dio el beso de la paz con sus compañeros y, con una valentía que asombró a todo Cartago. Entraron al anfiteatro tomadas de la mano. Cuando la vaca brava las embistió y las hirió, Perpetua se levantó y ayudó a Felicitas a ponerse en pie.
Ese gesto —una noble ayudando a su esclava a levantarse ante los ojos de miles de espectadores— fue el puente definitivo. Demostraron que en el diseño de Dios, la jerarquía del mundo es paja
Felicitas nos enseña que no importa nuestra posición social o lo difícil de nuestra circunstancia; Dios nos da la fuerza necesaria para cada batalla si confiamos en Él. Ella nos muestra que el sacrificio por amor siempre da frutos de vida.
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