El Domingo de Ramos es el día de la paradoja sagrada: es el triunfo que anuncia el sacrificio, es la alegría que sabe a Cruz, pero que no deja de ser alegría porque es la victoria definitiva del Amor.
Jesús entra en Jerusalen, el rey a llegado y nuestros ojos hoy no ven a un conquistador sobre un carro de guerra, sino al Mesías que los profetas vislumbraron en la lejanía de los siglos.
Se cumple hoy, con una precisión asombrosa, lo que el profeta Zacarías anunció: “Alégrate mucho, hija de Sión... mira que tu Rey viene a ti, justo y victorioso, humilde y montado en un asno”(Zac 9, 9).
No es idolatría lo que nos mueve a alzar los ramos; es el reconocimiento de que Dios cumple su palabra. La plenitud de este momento reside en que Jesús entra a Jerusalén sabiendo que el "Hosanna" de hoy será el "Crucifícalo" del viernes, y aun así avanza. Entra por nosotros. Su alegría es la del pastor que finalmente ha encontrado a la oveja perdida y se dispone a dar la vida por ella.
Para nosotros, los católicos, el ramo no es un amuleto ni un objeto de superstición. Es un sacramental cargado de un simbolismo profundo:
Antiguamente, la palma era el signo de los vencedores. Al sostenerla, confesamos que Cristo es el único Rey de nuestra vida, el Vencedor del pecado y de la muerte.
En la iconografía de nuestra Iglesia, a los santos mártires se les representa siempre con una palma en la mano. ¿Por qué? Porque ellos, como Jesús hoy, entendieron que la verdadera victoria se alcanza a través de la entrega.
Como decía San Agustín: "Los ramos de palma son alabanzas que anuncian la victoria; las ramas de olivo significan la unción de la misericordia"
Al llevar estos ramos a casa, no estamos guardando una planta bendita, sino el compromiso de ser, como los santos, testigos de esa alegría que no se apaga ante la dificultad.
La liturgia de hoy empieza con un color rojo —color de sangre y de fuego— pero el canto es de júbilo. Es la alegría de saber que el Rey ha llegado a Su ciudad. San Bernardo de Claraval nos recordaba que esta entrada es el modelo de cómo Cristo debe entrar en nuestra alma: con sencillez, sin estruendos de soberbia, pero con el dominio absoluto de nuestro corazón.
¡Qué belleza ver a los niños hebreos, y hoy a nuestros hijos, aclamando al Señor! No es un entusiasmo pasajero, es la plenitud de la esperanza. Sabemos que después de este domingo vendrá la oscuridad del Huerto y el silencio del Sepulcro, pero hoy gritamos "Hosanna" porque sabemos que el final de la historia es la Resurrección.
Hoy te invito, a que cuando levantes tu palma, no lo hagas como quien observa un desfile, sino como quien se alista en el ejército del Rey de la Paz. Que el verde de estas ramas nos recuerde que nuestra fe debe estar siempre viva, siempre joven, siempre dispuesta a alfombrar el paso del Señor por nuestra vida cotidiana.
Como nos enseñó San Juan Pablo II, no tengamos miedo de proclamar a Cristo como Rey. Que nuestra alegría de hoy sea el "ladrillo" sobre el que construyamos el resto de esta Semana Santa: una fe firme, una esperanza alegre y una caridad que se entrega.
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