SANTO TORIBIO ROMO

En el firmamento de la Cristiada, donde el suelo mexicano se tiñó con la sangre de quienes prefirieron la eternidad antes que la apostasía, brilla con una luz serena y profunda la figura de Santo Toribio Romo González.  Su vida no fue un grito de guerra, sino un susurro de fidelidad que terminó en un sacrificio definitivo.

Toribio nació en la víspera de un nuevo siglo, en 1900, en el seno de una familia humilde en Santa Ana de Guadalupe, Jalisco. Desde muy pequeño, su geografía espiritual estuvo marcada por una certeza: su vida no le pertenecía a él, sino al altar. Entró al seminario con la firmeza de quien sabe que el camino será angosto, y en 1922, recibió el orden sacerdotal.

Fue un pastor de "ladrillo y cal", dedicado a la enseñanza del catecismo y a la organización de sindicatos obreros cristianos. Su sacerdocio no era una abstracción; era una presencia activa en la vida de los trabajadores y los sencillos.

Cuando estalló la persecución religiosa en 1926, el Padre Toribio no abandonó a su rebaño. Ante la prohibición del culto público, su ministerio se volvió itinerante y clandestino. Se refugió en una antigua fábrica de algodón en el municipio de Tequila, convertida en su parroquia oculta.

Allí, en el silencio de las nudosas vigas de madera y el polvo, el Padre Toribio celebraba la Santa Misa. Sabía que cada consagración podía ser la última. Su vida era una "emergencia" constante, una urgencia de Dios que lo llevaba a confesar y bautizar en las sombras, desafiando las leyes que pretendían encadenar el espíritu.

La mañana del sábado 25 de febrero de 1928, el diseño de su vida llegó a su capítulo final. El Padre Toribio se encontraba descansando en una pequeña habitación cuando los soldados federales, guiados por una delación, irrumpieron en el lugar.

Al ser identificado, no hubo resistencia ni odio en sus palabras. Un soldado le disparó mientras él se incorporaba de su cama. Cuentan las crónicas que, herido de muerte, alcanzó a dar unos pasos, aferrándose a su fe, hasta que un segundo disparo terminó con su vida terrenal. Sus últimas palabras no fueron de condena, sino una entrega silenciosa al Rey que siempre sirvió. Tenía apenas 27 años.

Lo que hace a Santo Toribio una figura única en la hagiografía moderna es su misión "después del puente". En las últimas décadas, miles de migrantes que cruzan fronteras peligrosas han narrado encuentros con un joven de piel clara y mirada bondadosa que les ofrece agua, comida o los guía por el camino seguro cuando están perdidos en el desierto. 

Al ver después las imágenes de Santo Toribio, estos caminantes reconocen con asombro al hombre que los auxilió. Así, el mártir de la Cristiada se ha convertido por diseño divino en el Patrono de los Migrantes, demostrando que su sacerdocio no terminó en el paredón, sino que se volvió eterno en el servicio al que sufre.

Santo Toribio Romo nos enseña que nada es accidente. Su muerte en una habitación oscura no fue el fin de una carrera, sino el nacimiento de una leyenda de misericordia. Él, que fue perseguido en su propia tierra, ahora acompaña a quienes no tienen tierra. Es el puente que Dios tendió entre la tragedia de la guerra y la esperanza del caminante.


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