Este era un sacerdote entre el fuego.
Pedro no era un hombre de armas, sino de espíritu.
Se ordenó en El Paso, Texas, porque en México la persecución religiosa estaba en su punto más álgido. A pesar del peligro, regresó a su tierra, en el Distrito de Santa Isabel, Chihuahua.
No era un "cristero" de rifle, sino de resistencia pacífica. Se dice que viajaba de noche, se escondía en cuevas y celebraba misa en casas particulares para evitar ser capturado por las fuerzas del gobierno que buscaban erradicar el culto.
Aunque la Guerra Cristera "oficial" terminó en 1929 con los arreglos entre la Iglesia y el Estado, la persecución en Chihuahua (conocida como la "Segunda Cristiada" o persecución callista tardía) seguía ardiendo en los años 30.
En Chihuahua la "Segunda Cristiada" fue muy diferente del resto del país, donde las cosas se habían calmado tras 1929, en Chihuahua el gobernador Rodrigo M. Quevedo (y luego su sucesor Gustavo L. Talamantes) mantuvo una persecución feroz. Querían una "educación socialista" y veían en sacerdotes como Pedro, que eran muy queridos por el pueblo, un obstáculo para el control del Estado.
El 10 de febrero de 1937 era martes de carnaval, víspera del Miércoles de Ceniza. Pedro estaba en la casa de unos fieles cuando un grupo de hombres armados, bajo las órdenes de las autoridades locales, irrumpió para llevárselo.
Lo que ocurrió después fue una muestra de brutalidad absoluta contra una templanza inquebrantable:
Fue obligado a caminar descalzo hasta la presidencia municipal.
En el edificio público, fue golpeado salvajemente. Uno de los atacantes lo golpeó con la culata de un rifle, fracturándole el cráneo y haciendo que su ojo saltara.
En un detalle que parece sacado de un relato hagiográfico, Pedro llevaba consigo un relicario con hostias consagradas.
Durante la golpiza, el relicario cayó al suelo; se dice que uno de los verdugos tomó una hostia y se la dio de forma burlona para que "comulgara por última vez". Pedro, en efecto, consumió la Eucaristía antes de quedar inconsciente.
El ataque ocurrió en la Presidencia Municipal de Santa Isabel (pueblo que en ese entonces el gobierno intentó renombrar como "General Trías" para borrar su origen religioso. Un caso para reflexionar ya que en todos los pueblos de Chihuahua cambiaron los nombres.
Murió al día siguiente, el 11 de febrero, en un hospital de Chihuahua, justamente el día en que cumplía 19 años de haber sido ordenado sacerdote.
Su muerte no silenció a la comunidad; al contrario, se convirtió en un símbolo de resistencia civil en el norte de México.
A pesar de que hubo un proceso judicial y los responsables (Salcido, Rivera y Frescas) fueron arrestados brevemente para "taparle el ojo al macho", fueron liberados al poco tiempo. El sistema político de la época los protegió. Sin embargo, el veredicto popular fue distinto. Se dice que el remordimiento y el rechazo social los persiguieron el resto de sus vidas. Mientras ellos caían en el olvido o el desprecio, la figura del padre Maldonado crecía hasta llenar la Catedral.
Fue canonizado por Juan Pablo II en el año 2000.
Hoy, en la Catedral de Chihuahua, puedes ver la urna que guarda sus restos. Es un recordatorio de que, incluso fuera de los grandes campos de batalla, la lucha por las convicciones personales tuvo costos altísimos.
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