SAN MATEO CORREA (CRISTIADA)

El padre Mateo Correa Magallanes. No es solo un sacerdote cristero; es el símbolo del sigilo sacramental llevado hasta sus últimas consecuencias

La hagiografía del padre Mateo no se escribe con grandes batallas de fusil, sino con la resistencia absoluta de un hombre que decidió que su palabra estaba encadenada a Dios y no a las órdenes de los hombres.

Nacido en Tepechitlán, Zacatecas, su vida transcurrió en el corazón del México convulso. Fue un hombre de una ritualística sencilla: la de ser párroco de pueblo. El camino de Mateo Correa Magallanes es una ruta trazada sobre la tierra seca de Zacatecas y el polvo de Durango, una geografía donde el mapa se dibuja con pasos firmes hacia un destino que él aceptó mucho antes de que llegaran las balas. 

En aquel febrero frío, Mateo fue conducido por la fuerza hacia Durango. El viaje no fue solo un traslado de prisionero; fue la marcha de un hombre que cargaba con una verdad que no era suya. Al llegar ante el mando militar, se le presentó una encrucijada que dividía su geografía interior: la vida física o el cumplimiento del deber. 

Eran las fuerzas federales bajo el mando del general Eulogio Ortiz. Esta  "prueba de fuego" de Mateo no fue la cárcel, sino una trampa moral de una perversidad absoluta. El general Ortiz, en un gesto de aparente humanidad, le ordenó confesar a un grupo de prisioneros cristeros que iban a ser fusilados... 

 Mateo cumplió con su deber. Escuchó los pecados, otorgó la absolución y alivió las almas de los condenados.

El escenario final se situó en las afueras de la ciudad de Durango, cerca del cementerio de Oriente. Allí, la geografía se volvió estrecha. Se le ordenó entrar a una celda para escuchar las últimas palabras de hombres condenados a muerte. 

Al salir, el terreno se volvió hostil. El general a cargo le exigió que traicionara la confianza de aquellos hombres, que entregara las confesiones para obtener ventaja militar.

Mateo se detuvo en ese límite. Miró el paisaje que lo rodeaba, las armas apuntándole y la fosa abierta. En ese pedazo de tierra, él decidió que su camino terminaba ahí. No por derrota, sino por una fidelidad que no conocía fronteras.


"Usted puede quitarme la vida, pero no puede obligarme a revelar un secreto que no me pertenece, sino a Dios"

Era 6 de febrero pero de 1927, cerca de las vías del ferrocarril, el sonido de las descargas rompió el aire de la mañana. Mateo cayó sobre la tierra que tanto había caminado, regando con su sangre un mapa que ya no era de este mundo. No necesitó palabras para defenderse; su silencio final fue su declaración más potente.

Mateo Correa Magallanes fue ejecutado. No hubo gritos de guerra, solo el silencio de quien ha cumplido con el mandato más sagrado de su oficio: la custodia del alma ajena.

Su cuerpo quedó en el suelo de Durango, pero su historia regresó a la catedral de esa misma ciudad, donde hoy reposa, recordándonos que existen hombres cuya geografía no se puede medir en kilómetros, sino en la profundidad de su integridad.



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