El Abanderado de la compañía
Había una vez, en un pueblo de Michoacán llamado Sahuayo, un niño que tenía el corazón más grande que su estatura. Se llamaba José Sánchez del Río**mm, pero todos sus amigos le decían "Joselito".
A Joselito le encantaba jugar, correr por el campo y, sobre todo, amaba a Jesús con una fuerza que asombraba a los adultos. En ese tiempo, en México, las cosas eran difíciles: el gobierno quería cerrar las iglesias y prohibir que la gente rezara. A este tiempo se le llamó la "Guerra Cristera".
Cuando Joselito cumplió 13 años, sintió que no podía quedarse de brazos cruzados. Él quería defender su fe. Fue con su mamá y le dijo una frase que se quedó grabada en las estrellas: "Mamá, nunca ha sido tan fácil ganarse el cielo como ahora".
Aunque era muy joven, lo dejaron unirse a los soldados que defendían la fe, no para pelear con armas, sino para ayudar. Se convirtió en el portaestandarte y el encargado de cuidar los caballos. Sus compañeros lo llamaban "el pequeño capitán" porque siempre tenía una sonrisa y una oración en los labios.
Un día, durante una batalla, el caballo del jefe de los Cristeros fue herido. El jefe estaba en peligro de ser capturado. Sin pensarlo dos veces, Joselito saltó de su propio caballo y se lo entregó a su jefe diciendo: "Tome usted mi caballo, general. Usted hace más falta a la causa que yo".
Gracias a ese gesto, el general escapó, pero Joselito fue capturado por los soldados del gobierno.
Lo encerraron en el baptisterio de su propia parroquia, que ahora era una prisión. Intentaron convencerlo de muchas formas para que negara a Dios: le ofrecieron dinero, caballos y una carrera militar brillante. Pero Joselito, desde su celda, escribía cartas a su mamá diciéndole que estaba feliz porque pronto vería a Jesús.
La noche del 10 de febrero, los soldados decidieron asustarlo para que se rindiera. Le cortaron las plantas de los pies y lo obligaron a caminar descalzo por las calles empedradas hasta el cementerio. Cada paso era un dolor inmenso, pero Joselito no lloraba de miedo. Con cada paso, él gritaba con todas sus fuerzas: "¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!".
Al llegar al cementerio, le preguntaron por última vez si quería salvarse. Él solo pidió que le dijeran a su mamá que se verían en el cielo. A los 14 años, Joselito dio su último suspiro, convirtiéndose en el santo más joven de esa época en México.
No necesitó una espada para ser un guerrero; solo necesitó su voz y su amor infinito. Hoy, Joselito es el mejor amigo de los niños que quieren ser valientes, enseñándonos que no importa qué tan pequeños seamos, nuestra luz puede brillar tanto que ilumine a todo un país.
Se siente una fe sencilla y profunda, de esas que abrazan en silencio. La historia de Joselito toca el alma porque muestra una confianza total en Dios, incluso cuando todo duele. Gracias por compartir un testimonio tan luminoso, que se queda dentro y fortalece la fe. 🩷
ResponderBorrar