Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos. Evangelio según San Mateo 5,3-12.
Solemos leer las Bienaventuranzas con ojos modernos, viéndolas como frases de consuelo espiritual, pero hace 2000 años fueron un manifiesto de subversión jerárquica.
En las Bienaventuranzas del Siglo I, el mundo estaba rígidamente estructurado bajo la "virtud del poder". Tanto en la Judea ocupada como en el Imperio Romano, el favor divino o el éxito social se manifestaban a través de la riqueza, la fuerza física, el linaje y el honor público. En este contexto, el Sermón del Monte no fue solo un discurso religioso; fue una transmutación de valores que sacudió los cimientos del pensamiento antiguo.
Para entender el impacto, debemos mirar la palabra original. En el griego del Nuevo Testamento, la palabra utilizada es makarios (μακάριος). En la Grecia clásica, makarios se refería a la felicidad de los dioses, una dicha que estaba "más allá de las preocupaciones de los mortales".
Aunque hoy traducimos "dichoso" o "bienaventurado", en el siglo I implicaba ser "envidiable" o estar en una posición de privilegio absoluto. Cuando Jesús dice "Makarios los pobres", está cometiendo una paradoja lingüística violenta. Para un oyente de la época, decir que un pobre o alguien que llora es "envidiable" era tan absurdo como decir "afortunado el que no tiene nada".
Para los judíos, la teología imperante (a menudo asociada a una interpretación rígida de la Alianza) sugería que la prosperidad era señal del favor de Dios y la enfermedad o pobreza era señal de pecado o castigo.
Jesús rompe el vínculo entre "éxito material" y "bendición divina". Al colocar a los "pobres de espíritu" y a los "perseguidos" como herederos del Reino, Jesús democratiza la santidad. Ya no es propiedad de la élite sacerdotal o de los observantes perfectos de la Ley, sino de aquellos que reconocen su necesidad de Dios.
Para el mundo greco-romano, las Bienaventuranzas eran una locura absoluta. La ética romana se basaba en la superbia (orgullo legítimo), la dignitas y la victoria sobre el enemigo.
Los romanos despreciaban la humildad (considerándola propia de esclavos). Jesús eleva la mansedumbre y la misericordia a virtudes supremas.
Para los "paganos" de las clases bajas y esclavos, el mensaje de Jesús fue un fuego. Por primera vez, una filosofía no les pedía ser ciudadanos romanos o filósofos para tener valor; les decía que su sufrimiento tenía un propósito cósmico.
Las Bienaventuranzas no fueron una invitación a la pasividad, sino una revolución de la mirada. Al redefinir quién es "dichoso", Jesús le quitó al Imperio y a las estructuras religiosas el monopolio de la felicidad y el éxito. Propuso que el Reino de Dios no se construye desde la cúspide de la pirámide social, sino desde su base, transformando el sufrimiento en un espacio de encuentro con lo divino.
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