La historia de la civilización occidental no se puede explicar sin sus grandes debates semánticos, pero pocos han tenido la fuerza sísmica del término griego Theotokos. Lo que a simple vista parece un título de piedad mariana es, en el fondo, la piedra angular de la arquitectura cristológica y el escudo lógico que protege la identidad de Jesús de Nazaret. Llamar a María "Madre de Dios" no fue el resultado de un sentimentalismo religioso, sino de una necesidad filosófica: la de afirmar que en Cristo la eternidad y el tiempo no solo se rozaron, sino que se unieron de forma indivisible.
En el siglo V, el mundo cristiano se vio sacudido por la propuesta de Nestorio, Patriarca de Constantinopla. Su incomodidad era lógica y comprensible: ¿Cómo puede una criatura finita engendrar al Creador infinito? Para salvar la trascendencia divina, Nestorio propuso el término Christotokos (Madre de Cristo), sugiriendo que María era madre de la naturaleza humana, pero no de la persona divina.
Sin embargo, el Concilio de Éfeso (431 d.C.) comprendió el peligro oculto en esta distinción. Si María no era Madre de Dios, entonces Jesús era una figura dividida, un "gemelo siamés" metafísico donde la divinidad habitaba al hombre como quien habita una casa, pero sin ser uno con él. La respuesta de los Padres conciliares fue el yunque de la Unión Hipostática: en Jesús no hay dos personas, sino una sola Persona Divina que ha asumido plenamente la naturaleza humana.
La fuerza del dogma reside en un silogismo de una simplicidad aplastante. Una madre no engendra "naturalezas" o "partes" de un ser; una madre engendra a una persona. Cuando una mujer da a luz, no decimos que es madre del cuerpo de su hijo, sino madre del hijo en su totalidad. Puesto que la Persona que nació de María es, desde el primer instante de su concepción, la Segunda Persona de la Trinidad, negarle a ella el título de Theotokos es, por extensión, negarle a Jesús su divinidad plena.
Este razonamiento introdujo en el pensamiento occidental la Comunicación de Idiomas, una regla lógica que permite atribuir a la Persona de Cristo tanto las propiedades divinas como las humanas. Gracias a que María es Theotokos, podemos decir con rigor filosófico que "Dios nació", "Dios sufrió" y "Dios murió", pues aquello que le sucede a la naturaleza humana le sucede, en última instancia, a la Persona Divina que la ha hecho suya.
La iconografía oriental suele llamar a la Theotokos la Platytera ton Ouranon (Más amplia que los cielos). Aquí la teología se encuentra con la poesía mística. Existe una paradoja geométrica en el hecho de que el vientre de una mujer contenga a Aquel a quien el universo entero no puede contener.
Llamar a María Madre de Dios es, en última instancia, un acto de antropología radical. Al afirmar que Dios tiene una madre, estamos elevando la dignidad de la materia y de la carne a niveles insospechados. La Theotokos es la garantía de que nuestra historia no le es ajena a la eternidad.
En un mundo que a menudo tiende a fragmentar la identidad y a separar lo sagrado de lo cotidiano, el dogma de la Theotokos permanece como una invitación a la unidad. Es el recordatorio de que la verdad más profunda no se encuentra en la separación estéril de las naturalezas, sino en la unión valiente que acepta el riesgo del encuentro, de la forja y de la vida compartida.
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