Francisco Xavier nació en 1506 en el imponente Castillo de Xavier, en Navarra, España, en el seno de una familia noble. Su destino, como San Martín de Tours, parecía ser la corte o las leyes. De joven, partió a París para estudiar en la prestigiosa Universidad de la Sorbona, con la ambición de hacer una carrera brillante. Su geografía inicial era la de los salones académicos, el orgullo y la inteligencia aguda.
Pero en París se encontró con un hombre cojo, de rostro ardiente, que se convertiría en su maestro y amigo: Íñigo de Loyola, San Ignacio. Ignacio no cesó de recordarle una única pregunta:
"¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?"
Esta pregunta perforó la ambición de Javier. De ser un estudiante mundano, se convirtió en uno de los seis hombres que, junto con San Ignacio, fundaron la Compañía de Jesús (los Jesuitas) en 1534. Su destino ya no era el prestigio de Europa, sino el llamado de los confines de la tierra.
La geografía de San Francisco Javier es la del mar y el camino. En 1541, fue enviado a la India como Legado Pontificio. En los siguientes once años, recorrió una distancia estimada de más de 120,000 kilómetros (más de tres veces la circunferencia de la Tierra), una hazaña logística y física asombrosa para el siglo XVI.
Goa, India (1542): Este fue su primer gran centro. Vio la corrupción de los colonos portugueses y se dedicó con fervor a los más vulnerables: los niños y los pescadores. Para atraer a los niños y enseñarles las oraciones y el catecismo, Javier recorría las calles tocando una pequeña campanilla, una anécdota que se convirtió en su distintivo.
Islas de las Especias y Malaca: Sus viajes lo llevaron a las Molucas y a Ceilán, donde bautizó y catequizó a decenas de miles de personas. Las cartas que escribía a San Ignacio desde esos lugares dan testimonio de su incansable gozo en medio de privaciones, mosquitos y enfermedades.
Japón (1549): Escuchó hablar de Japón gracias a un noble japonés que conoció en Malaca, y supo que su misión debía continuar. Fue uno de los primeros europeos en llevar el Evangelio al archipiélago. Aprendió con gran esfuerzo las costumbres y la lengua, adaptando su predicación, y se quedó maravillado por la inteligencia y la buena voluntad del pueblo japonés.
La obra de Javier es la del celo incansable y la inculturación. No se limitó a repetir fórmulas; aprendió lenguas, adaptó cánticos y vivió con la máxima sencillez, durmiendo en el suelo de chozas pobres. Los milagros que se le atribuyen (curaciones, resurrecciones e incluso el Don de Lenguas) solo sirvieron para reforzar un mensaje que ya era poderoso por su amor visible.
Su último y anhelado destino era la gran nación de China, cuyo acceso estaba prohibido a los extranjeros. Murió en 1552, a la edad de 46 años, consumido por la enfermedad y el trabajo, en una pobre cabaña de paja en la isla de Sanchón (Shangchuan), justo frente a las costas chinas, a las puertas de la tierra que nunca pudo pisar.
Su legado es inmenso:
Su título, compartido con Santa Teresa de Lisieux, lo consagra como el arquetipo del misionero moderno.
Su ejemplo inspiró a miles de jóvenes a unirse a la Compañía de Jesús y a dedicarse a la evangelización en tierras lejanas, estableciendo las bases del sistema misional jesuita.
Su vida es la prueba de que la fe y la acción son inseparables: la oración intensa (legado de Ignacio) impulsaba su movimiento incansable (la acción).
San Francisco Javier es la voz que, incluso desde el siglo XVI, nos grita que la fe no puede quedarse quieta; debe montar a caballo y surcar los mares hasta la última frontera de la tierra.
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