RUIDOS INSONOROS

"El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”. 
Friedrich Hölderlin


 Lean no como espectadores. Lean como cómplices. Aquí late el corazón roto de quien descubre que, en la vulnerabilidad compartida, nace la única fuerza que redime...

"Lo admirable es que el hombre siga luchando y creando belleza en medio de un mundo bárbaro y hostil".

— Ernesto Sabato


CANTO UNO
Escucho al hombre en la máquina, al que se dobla en el campo,
al de la corbata ajustada que no respira en la oficina.
Escucho sus silencios, un coro de gargantas cerradas,
un réquiem que no se canta en las iglesias.

Veo al padre que sostiene la casa, la maquila, el sueño,
y no hay mano que sostenga su propia duda.
Veo al hijo que aprende la herencia del puño apretado,
del labio sellado, de la lágrima tragada, caliente, amarga.

Oh, músculos tensos bajo la camisa,
oh, hombros cargando el peso de los siglos,
¿quién os enseñó a no doblaros, a no clamar?
¿Quién os dijo que el quebranto era el final, no el comienzo?

Siento el nudo en la soga invisible que aprieta la garganta,
la caída libre desde la cumbre de una soledad perfecta.
Yo, canto al hombre que se ahoga en el mar de su propia espera,
al que busca un sentido en el cristal empañado del mundo.

No es la fuerza sin fisuras lo que honro,
sino el coraje de temblar y aún así respirar.
Y extiendo mi mano, ancha, sin juicio,
al que en la noche susurra: "No hay más canción".
Al que busca un ancla en la bruma de su alma.
Ven, hermano, el sol aún promete.


CANTO DOS
Otra maldita madrugada. El sol, un cabrón,
se cuela por la rendija, me escupe en la cara.
La resaca no es solo alcohol, es el alma jodida,
el eco de todo lo que no dijiste, o sí, y nadie escuchó.

- Ellos te quieren fuerte, ¿verdad? Un tanque de guerra,
sin grietas, sin sangre, sin la puta duda.
Pero por dentro eres un charco,
un cigarro apagado en la ceniza de los días.

Y buscas, oh sí, buscas. En el fondo de la botella,
en la vida de otro hombre, la apuesta sin sentido.
Un atajo, un apagón, un maldito interruptor
para esa mierda que te carcome por dentro.

Lo veo en tus ojos, lo veo en el espejo,
esa mirada hueca, esa promesa de nada.
No es la muerte lo que buscas, es el fin del puto eco,
del ruido en la cabeza que no se calla nunca.

No soy cura,
ni psicólogo,
Intento de poeta nada mas.
Con Carbon en las manos, 
sangre entre los dientes, 
Y puños ardientes.

Solo un tipo más con las manos sucias.
Pero si el suelo es blando, 
si te doblas,
que se joda el orgullo. 
El único héroe
es el que se levanta de la mierda y respira otra vez.
Hay un bar abierto, sí,
pero también una puerta a la calle.
Y el aire sigue entrando, por ahora.


CANTO TRES
Tú, el que carga con el mundo,
el que no dice su nombre a la soledad,
el que se ahoga en la almohada, en el trabajo, en el whisky,
En el ron de la noche
 y las gotas de fuego
tú, que te levantas cada mañana
 y te preguntas: ¿para qué?

Tú, el fuerte, el invencible,
el que no puede permitirse la flaqueza,
el que siente el hormigueo en las venas,
el temblor en las manos, 
el vacío en el pecho.

Tú, que ves el pozo sin fondo,
ese espejo oscuro que te llama.
Que la vida, como un bolero,
se rompe, y no hay más canción.
Y sientes que el compás se ha ido,
que el eco de tu voz no llega.

Y no, no sabes qué hacer contigo.
Pero déjame decirte, déjame decirte algo:
No estás solo en este vértigo.
No estás solo en el filo de la noche.

Hay manos, hay voces, hay ojos que buscan.
Hay un grito que puede salir de ti,
y romper el aire, romper el silencio.
Hay una cuerda, una rama, un abrazo.

No te sueltes. No te sueltes del todo.
A veces, en la oscuridad más densa,
solo un hilito de voz, una chispa,
puede encender el amanecer.
Y el sol, créeme, todavía espera por ti.


CANTO CUATRO 
El hombre, una isla, 
un fortin, una empalizada romana, una muralla... Una arboleda
construye muros con sus no-dichos,
un laberinto de cristal opaco
donde el eco de su propio grito
se pierde antes de ser oído.
Se mira en la luna, en el vacío,
y el abismo que devuelve
es el de su propia soledad.

Calla el miedo que lo habita,
la angustia que le roe las entrañas.
Viste el traje de la entereza,
máscara de piedra sin fisura.
¿Quién le enseñó a ser raíz sin sombra,
árbol sin fruto, río sin destino?
Él, que busca un centro, un sí,
en el no que le grita el mundo.

No es la muerte su anhelo,
sino el fin de la interrogante,
la pausa en el torbellino de la nada.
Pero en cada silencio,
una grieta se abre, un signo:
la posibilidad del otro, el abrazo
que deshace el cristal, que nombra
el vértigo y lo vuelve puente.


CANTO CINCO
Aquí estoy, desierto, yermo, arena, 
con el sol clavado en la nuca.
El aire huele a olvido, a promesas muertas,
a ese polvo que se te mete hasta el alma.
Dicen que soy hombre, un roble,
pero mis hojas cayeron hace años.
Solo quedan ramas secas, apuntando
al cielo que nunca responde.

Las palabras se me secaron en la boca,
se volvieron guijarros en la garganta.
Ni un lamento, ni un dios, ni un perdón.
Solo el eco de la voz de mi padre,
diciendo: "Sé hombre", sin decir cómo.
Y el lamento del viento,
trayendo los susurros de los que se fueron,
de los que también se secaron por dentro.

Camino sin rumbo, arrastrando los pasos,
por esta tierra árida que llevo por dentro.
A veces miro el río seco, el mismo que corre por mis venas.
¿Quién dijo que el agua siempre llega?
Pero en el fondo, muy al fondo,
donde ni la luna llega,
a veces, un temblor, una astilla de algo vivo
se aferra a la piedra, a la sed, a la promesa
de una lluvia que, quizás, sí llegue.


CANTO SEIS
No me digas que no duele, que no soy el mismo.
Esta pena, compadre, se me metió hasta los huesos.
La cargo a cuestas, como una cruz, como catesismo,
y la ahogo en la cantina, entre tantos viejos besos.
Dicen que soy de piedra, que nada me doblega,
que soy un hombre de pocas palabras, hecho de duro cuero
Pero el alma, mi amigo, cuando se quiebra,
no hay tequila que cure este mal agüero.

Canto mi dolor en este bolero/ranchero,
ese que dice que la vida es pura desventura.
Me ahogo en los versos, en cada trago sincero,
porque no hay más canción para esta amargura.
Y sí, a veces pienso en el final, en el descanso,
cuando el sol ya no duela, cuando no haya más llanto.
Pero luego miro el cielo, tan inmenso, tan manso,
y un algo me dice que el camino aún no es santo.

Y me agarro a la vida, a la última gota,
a la voz que me llama, a la mano que me tiende.
Porque un hombre, aunque roto, aunque el alma lo azota,
siempre encuentra un pretexto para que su corazón prenda.
Así que sírvame otra, que la noche aún es larga,
y quizás, solo quizás, mañana la pena cenizas se haga ...


              -Omar Ben Constantin-
               Ruidos Insonoros 2025

       -Mes de la Salud Mental Masculina-

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