En Japón, el kinbaku se llama 縛美 : "atar belleza". Estos tankas hacen honor a ese nombre. Cada poema es una ceremonia donde las palabras, como sogas, elevan lo carnal a lo espiritual: la epidermis se vuelve pergamino, el aliento, plegaria, y los nudos, símbolos de un lenguaje arcano que solo el cuerpo comprende. No hay aquí sumisión, sino alquimia: la tensión se transmuta en energía, el silencio en diálogo, el límite en umbral. Que esta colección sea tu guía hacia un jardín donde las cuerdas florecen en versos, y los versos, en puentes hacia lo sagrado
XXXI
Pétalo rosa,
primer nudo en tu piel,
brisa, caricia.
Dulce promesa despierta,
tu alma se abre a la luz.
XXXII
Hilos de rocío,
cubren tu forma en aurora,
cuerda es el alba.
Despertar de un deseo,
bajo el sol, la piel cede.
XXXIII
Liana te envuelve,
abrazo lento y sutil,
verde tu iquietud...
La seducción sin prisa,
entrelaza el corazón.
XXXIV
Niebla oculta,
El viento dibuja,
velado anhelo aquel...
Misterio en tu silueta,
encanto que persigue.
XXXV
Piel marcada
cuerpo, firme y sereno,
cuerda que aguarda.
Promesa de un lazo fiel,
eternidad en tu piel.
XXXVI
Nubes se abren,
tensión antes del rayo,
el nudo tiembla...
Pasión que se enciende
dulce descarga la piel.
XXXVII
Loto se alza
cuerdas que se elevan,
gracia sin fin.
La belleza florece,
en cada nudo, un rezo.
XXXVIII
. Últimos nudos,
flores cierran sus pétalos,
tras el éxtasis...
Viento esparce sus secretos,
alma guarda la energía.
XXXIX
Dulce aliento
Viento que murmura,
ramas atadas,
Tu suspiro me encanta,
el alma se rinde al tacto.
XL
Luna, hilandera,
teje la noche y el nudo,
nuevo comienzo.
En la sombra, el encanto,
una promesa de luz.
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