MAYO, MAYO II

LAS PLEYADES.

I.
Nublados se arman sobre mi pecho.  
La oscuridad gotea como tinta vieja  
y las velas murmuran con lenguas cansadas.  
Hasta las sombras bailan aquí,  
rotas de tanto arrastrar su duelo.  


II
El aire es un perro gris  
que muerde las costillas.  
El corazón no es más que vidrios  
clavados en la garganta.  
(La furia repite su nombre,  
el dolor no sabe callar).  


III. 
La noche mastica relojes.  
Mis pasos —huellas de ceniza—  
se pierden en sus fauces.  
Todo lo que queda:  
este silencio filoso  
donde hasta el eco sangra,  
este hogar sin paredes  
donde el dolor se hace raíz  
y la sombra  
es la única piel que me abraza.  


IV.
El ron ardiendo en la garganta,  
el atardecer muere lento afuera.  
La ventana escupe rayos de soledad,  
la botella vacía ríe en su rincón.  

V

La noche rasca la puerta despacio,  
el humo dibuja sombras sin nombre.  
Apuro el último trago del día,  
mi reflejo se esfuma con el sol.

VI

Lluvia cae, aquí no.
Solo el recuerdo húmedo
de tus ojos lejanos.

Gotas fantasma
resbalan por mi piel seca.
Sed del alma, peor...

VII

Luna hierve en sombras,
igual que mi pensamiento.
Oscuro caldero.

Tu silueta vaga
en la arena desolada.
Espejismo cruel.

VIII

Corazón grita hueco,
desgarrado de tus llamas.
cristales brillantes, cortantes

El eco responde...
con tu ausencia filosa.
Un silencio inmenso.

IX

Desgarrado de llamas,
arde aún la cicatriz.
Fuego fatuo, inútil.

Quisiera no ser sombra
Del guerrero aquel que flechó,
Solo arena y sol... 


X.

Sangre danza lenta,
no de herida, sino pena.
Un río salado.

Mis nudillos rotos
lloran en la arena.
      En puño vacío...

XI

brazos y codos sangran 
la batalla sin ganar.
Golpes al vacío.

El futuro es yermo,
como este desierto cruel.
No hay oasis aquí.

XII

Latidos ecos sordos
de amores que ahora matan.
Ritmo de abandono.

Mi alma, este desierto,
y yo, un hombre sediento.
¿Llegarán las lluvias en mayo?

XIII

De amores que matan,
solo queda este vacío.
Un fantasma herido.

Abandonado,
bajo el sol inclemente.
¿Minotauro donde estás?


XIV

El hombre mira el cielo: 
 las estrellas son clavos oxidados
 que sostienen su nombre
 en la nada.  

 Tauri —una cicatriz fría—
 le recuerda que hasta
 el polvo  guarda memoria
 de incendio.  

XV

Él cuenta las luces como cigarrillos  
fumados en vigilia.  
El universo le devuelve  
la misma pregunta
 sin boca,  
el mismo vacío 
que araña  
desde adentro.  

XVI
Allá arriba, 
alguien dibujó 
un mapa con huesos
de luz.  

Él sabe que las constelaciones
son solo heridas
que titilan,
astillas del mismo dolor  
que lleva en las costillas.  

XVII

Y sigue ahí, mudo,  
amigandoze
con la oscuridad:  
cazador de sombras  
que nombra su soledad 
con sílabas de frío.
 
Frío de la noche, 
del espíritu, 
del alma...
El Yermo.


Comentarios