EPISTOLAS DE RULFO


No soy bueno para decir las cosas, me faltan las palabras. Siento que hay algo sublime en el amor que hiciste nacer en mí; pero en mi diccionario no están las palabras para explicar eso. No las encuentro. A veces, cuando he estado cerca de ti y he intentado decirte qué es lo que siento, me han dado ganas de esconderme entre tus brazos y quedarme callado, quieto, sin decir nada, porque esa es mi intención, explicarte de ese modo mi gran amor por ti, apretándome muy fuerte contra tu cuerpecito, como si yo fuera una cosa humilde y pequeña que me quisiera encerrar entre tus brazos y no salir nunca".

*******



“El día que te fuiste entendí que no te volvería a ver. Ibas teñida de rojo por el sol de la tarde, por el crepúsculo ensangrentado del cielo. Sonreías. Dejabas atrás un pueblo del que muchas veces me dijiste: “Lo quiero por ti; pero lo odio por todo lo demás, hasta por haber nacido en él.” Pensé: “No regresará jamás; no volverá nunca."

Pero los caminos de ella eran más largos que todos los caminos que yo había andado en mi vida y hasta se me ocurrió que nunca terminaría de quererla.

Ese sueño que eres tú todavía dura. Durará siempre, porque siento como que estás dentro de mi sangre y pasas por mi corazón a cada rato.

He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Lo han aprendido ya el árbol y la tarde… y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río… “



Comentarios