Santa Teresa Kim (1797–1846), otra figura fundamental del martirio asiático en el siglo XIX, cuya historia nos traslada a la península de Corea durante la dinastía Joseon.
Para entender su vida y su sacrificio, es necesario fundir dos conceptos que en su historia son indivisibles: su geografía y su fe (la "geografía de la fe"). Teresa no solo perteneció a una de las estirpes espirituales más impresionantes de la historia de la Iglesia, sino que su cuerpo y su ministerio clandestino recorrieron un mapa diseñado para la supervivencia de una comunidad perseguida.
La geografía familiar de Teresa Kim se ubica en el corazón de la provincia dChungcheong, en la zona centro-occidental de la península coreana, una región de colinas y valles agrícolas que se convirtió en la cuna del catolicismo coreano.
Teresa no era una conversa aislada; pertenecía a un territorio familiar donde la fe se transmitía como la herencia más valiosa, pagándose siempre con la vida: Fue tía del primer sacerdote católico coreano, San Andrés Kim Taegon (martirizado en 1846). Su hermano, San León Kim, también fue martirizado. Su padre había muerto años atrás en prisión debido a las persecuciones gubernamentales.
En esta geografía, nacer en la familia Kim de la estirpe de Solmoe significaba nacer bajo la certeza de que el Estado te consideraba un traidor al neoconfucianismo oficial y a las leyes de la dinastía Joseon.
Hacia la década de 1830, tras enviudar muy joven, Teresa tomó la decisión de trasladarse a la capital, Hanyang (la actual Seúl). En ese momento, la fe en Corea carecía por completo de templos o basílicas; la geografía de la fe se vivía en las catacumbas domésticas y los refugios de montaña.
Teresa, reconocida por su piedad, su discreción y su profundo sentido del orden, fue elegida para administrar las casas donde se refugiaban en secreto los primeros misioneros extranjeros de la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París (como el obispo San Lorenzo Imbert).
El mapa de su vida cotidiana consistía en:
Preparar los alimentos, lavar las ropas litúrgicas y cuidar los accesos de las casas comunales en Seúl sin levantar sospechas entre los vecinos espías del gobierno.
Servir de enlace entre las comunidades católicas que bajaban de las zonas montañosas profundas para recibir los sacramentos y los sacerdotes escondidos en la periferia de la capital.
En 1839 estalló la violenta persecución de Gihae. El obispo Imbert y los sacerdotes franceses decidieron entregarse para salvar la vida de sus fieles. Teresa Kim fue arrestada junto con un grupo de mujeres católicas en una de las redadas de la capital.
La geografía de su fe se trasladó entonces a los tribunales de tortura de la dinastía Joseon. Los jueces coreanos utilizaban métodos específicos destinados a romper la voluntad.
Fue sometida al tormento del Juri(donde las piernas de la víctima son atadas fuertemente a dos varas de madera que se tuercen en sentido contrario, desgarrando los músculos y dislocando las articulaciones). Recibió más de trescientos azotes con varas de bambú.
La fe de Teresa se mantuvo imperturbable durante los meses de cautiverio. Las crónicas de la época describen que las demás prisioneras encontraban en el rostro sereno de Teresa, que ya rondaba los 43 años, la fuerza para resistir el frío de las mazmorras y el dolor de las heridas. Al fallar el intento de hacerla apostatar, las autoridades cambiaron la sentencia de decapitación pública (reservada para los líderes hombres) por la muerte por asfixia. Teresa Kim fue estrangulada en la prisión de Seúl el 9 de enero de 1840.
Santa Teresa Kim fue beatificada por el Papa Pío XI en 1925 y canonizada en Seúl por el Papa Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984, formando parte del grupo de los 103 mártires coreanos.
Su "geografía de la fe" nos deja una reflexión histórica muy sobria. En la antigua Corea, la Iglesia católica no entró de la mano de ejércitos conquistadores ni de barcos de guerra coloniales; entró porque los propios eruditos y campesinos coreanos leyeron libros traídos desde Pekín y decidieron adoptar esa fe de forma autónoma.
Teresa Kim representa esa fe nativa, la de una mujer que conoció el territorio de la persecución desde su infancia y decidió convertir su cotidianidad, sus manos y su propia casa en el mapa de refugio para una Iglesia perseguida, demostrando que la verdadera fidelidad a los principios es capaz de trazar caminos de dignidad incluso bajo la sombra del patíbulo.
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